8/10/10

BARRENEROS

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 6/10/2010

Es preocupante leer las conclusiones que anda sacando tanto analista de postín del resultado de las primarias del PSOE: que son una muestra más de la falta de autoridad del presidente del Gobierno; que justifican especulaciones sobre su recambio; y que revelan la fragmentación y/o debilitamiento del partido socialista… Lo alarmante de estas interpretaciones no es que respondan a paniaguados de un signo/medio u otro, barreneros profesionales, sino la concepción de lo ‘deseable’ o ‘correcto’ para nuestro sistema político que dejan traslucir tan ‘sesudos’ análisis.
El proceso de primarias que ha vivido el partido socialista de Madrid ha sido uno de los raros actos de calidad democrática de un sistema que anda muy escaso de ellos. En primer lugar por ceder la capacidad de elección a las bases y no a la designación jerárquica, en lo que supone una verdadera legitimación del candidato. En segundo lugar, porque ha permitido mostrar la política como ejercicio de compromiso desde el trabajo constante y el contacto directo con los votantes, tal cual fue haciendo Tomás Gómez con las agrupaciones locales madrileñas desde mucho tiempo atrás. En tercer lugar, porque asume que la disensión es un elemento clave para el funcionamiento de la democracia y ha de ser vivida con naturalidad, respeto y decencia. ¿Por qué un partido «democrático» ha de primar la disciplina en vez de la presentación y representación de opiniones y proyectos?
¿Cuál es su contramodelo? ¿Congresos a la búlgara donde se designa por clamor al candidato previamente señalado? ¿Partidos oscurantistas en los que su presidente elige a su sucesor, a la manera del querido líder Kim Jong-il? ¿Cortesanos en vez de militantes que solo halagan al que manda en espera de su prebenda? ¿Listas cerradas en las que se hace aterrizar al cunero designado por la cúpula, sin relación alguna con su circunscripción electoral?
Es muy preocupante la pretendida equiparación del funcionamiento democrático con el pensamiento único, la entronización y autoritarismo de los partidos, la eliminación de la crítica y el abandono de los valores ideológicos para anteponer pragmatismos interesados. Una democracia auténtica se asienta en la igualdad de derecho, no de pensamiento; se nutre de la tolerancia y el respeto a la diferencia, viendo en la pluralidad una fuente de riqueza; nunca de debilidad.