8/10/10

COPRÓFAGOS

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 22/09/2010

Vivimos en un mundo de mentiras, de las gordas, de las piadosas, de las podridas, de las más sucias. La política se va poniendo asquerosa de una forma insufrible. Nuestra maltrecha democracia huele a podrido, presa de estructuras elefantiásicas que dicen ser la encarnación del pueblo, del auténtico bien colectivo, y de los más íntegros ideales: los partidos políticos. Estos «pilares de la sociedad» se han convertido en los herederos y gestores de algo que se aproxima bastante a aquel concepto franquista de «democracia orgánica». Y es que en una partitocracia como la nuestra, la política está al servicio de los propios políticos que dirigen a sus masas, abandonando toda voluntad de transformación, redistribución, corrección y verdadero gobierno. Por eso los ciudadanos están hartos y preocupados a la par con la clase política, como el CIS y otras demoscopias han venido demostrando. No se reforma la injusta ley electoral para no quebrar ratios, no se elimina inmediatamente al corrupto por mera aplicación de las reglas de decencia y penales, nadie dimite ante los escándalos probados, la disciplina de voto coarta la libertad individual, la designación de los candidatos se hace mayoritariamente a dedo, las listas electorales son cerradas…, en fin, mucha mierda. El partido es un fin en sí mismo, y para sus dirigentes, está por encima de la ciudadanía y del propio Estado. Incluso, llegado el caso, de la ideología que dicen defender.
Con sus tentáculos anclados en el Estado para su financiación y la gestión de lo público para su engorde, léase corrupción, los partidos han rebajada profundamente nuestra calidad democrática. Los claros indicios de putrefacción no llevan a la limpieza y rechazo de tales comportamientos, sino al enroque más cerril denunciando un supuesto «estado policial» (sic.). Allá van 30 años de esfuerzo y conversión de las fuerzas represivas del franquismo en cuerpos de seguridad profesionales, despreciados en un instante por quienes se sienten intocables.
No se trata de proponer la anarquía, sino de alentar el verdadero servicio y compromiso. A partidos poderosos, ciudadanos inermes. La ética perderá siempre frente a las razones orgánicas y sistémicas. La precariedad pactada del fin de la dictadura no se la puede pretender adecuada a nuestros tiempos. Salvo por interés.

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