8/10/10

DE LA INGENUIDAD ¿IMBÉCIL? Y LAS CAUSAS JUSTAS DE LA IZQUIERDAD. LA COOPERACIÓN ETA-FARC

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 02/04/2010.

El auto del juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco ha hecho más que desvelar pretendidos ataques guerrilleros en suelo español con colaboración etarra y ocasionar un conato de conflicto con Venezuela: ha puesto encima de la mesa la necesidad de una reflexión sobre las redes de apoyo y colaboración que trenzan organizaciones terroristas aprovechando un cierto ingenuismo irresponsable de las izquierdas. También evidencia la necesidad que tiene la sociedad democrática de promover sus valores y no quedarse impávida frente a la manipulación torticera y vociferante de los radicales.
Es verdad que mucho antes de este auto, la cooperación ETA-FARC era un secreto a voces, configurando un haz de intercambios y apoyos internacionales entrecruzados que la izquierda radical había ido cultivando proverbialmente. Instancias controladas o dependientes de las estructuras militares terroristas como Askapena, para el caso de ETA, o la Coordinadora Continental Bolivariana -CCB- en el de las FARC, construyen espacios de interrelación y apoyo en los que la mística del guerrillero se mezcla con mensajes de opresión, persecución y lucha de clases, con dosis de teologías liberalizadoras junto a otras fanatizadoras, configurando un discurso que pretende para estos movimientos terroristas el papel de víctimas de la historia.
Esquemáticamente podrían condensarse los viejos postulados de la Izquierda en la aspiración de un bien colectivo igualitario desde la base social, frente a la salvaguarda de la posesión y derechos detentados por el individuo-propietario de la derecha. Ésta se considera heredera de un proyecto social sancionado por la divinidad-garante, confiriendo un sentido de orden moral a su interpretación sociohistórica continuista -conservadora-. La izquierda, por su parte, ha generado su propio sentimiento de legitimidad incuestionable a partir de la asunción de un redentorismo de los desfavorecidos en la historia -y no en un horizonte mítico- frente al percibido como egoísmo de clase de la derecha. La convicción en ambas orillas ideológicas de su superioridad moral ha generado discursos exclusivistas y conflictivos, un espíritu de grandes palabras que, en los casos extremos, devienen en un totalitarismo moral que justifica toda acción y estrategia al servicio de los fines propuestos. Los nacionalismos extremos son igualmente hijos de estas actitudes.
Históricamente, las izquierdas han sido, por definición, internacionalistas: apoyan/recogen como propias las luchas de justicia de los sectores oprimidos o marginados cercanos y lejanos. En su proceso de conformación han construido sus ideologías por medio de rotundas simbologías y otros elementos de adscripción. Estas militancias de fuerte carga identitaria, al igual que sucede con ciertas experiencias religiosas y/o rituales, generan un particular espíritu de grupo: communitas, un sentimiento de comunidad singular. Así, emoción e ideario compartido generan la unión de heterogéneos, produciéndose la necesaria cohesión y confianza entre sus miembros para pasar a conformar una comunidad imaginada. En este caso, internacional.
Muchos movimientos de izquierda -hoy especialmente los más minoritarios- se han adherido a causas de terceros que exigían su solidaridad internacional, presos de un ingenuismo voluntarista, sin molestarse por conocer cabalmente a sus distantes camaradas. Irresponsablemente emprenden campañas de apoyo y financiación, de promoción ideológica, de legitimación y enaltecimiento de la mística de la violencia armada, desacreditando informaciones independientes contrarias a sus patrocinados... En fin, que la invocación de la liberación o la justicia social lleva a convivir sin aparente contradicción en estas redes, al marxismo-leninismo más fanático con nacionalismos de claro exclusivismo étnico, fundamentalismos religiosos y liderazgos mesiánicos. Basta con haber visitado algunos locales o bares de kolectivos antisistema, peñas futbolísticas radikales, asociaciones kulturales, micro-partidos políticos, y ver su collage de carteles para reconocer esto.
Es verdad que gran parte de las luchas emprendidas por el utopismo izquierdista -así tachado en cuanto obvia las realidades históricas y el peso de las distintas culturas en el comportamiento social de la humanidad- enarbolaron banderas de principios que hoy consideramos irrenunciables, verdaderas señas de identidad de las sociedades modernas. Pero la reivindicación de la utopía no produce siempre una ecuación cuyo resultante sea el bien absoluto: un gran número de luchas revolucionarias solo sirvieron para producir más desgarro y dolor al interior de sus sociedades -asesinatos, purgas, encarcelamientos masivos, desapariciones e imposiciones de totalitarismos deshumanizadores-. La ambición de inmediatez ante la contemplación de una palpable injusticia social conllevó la adopción de estrategias que trataron de «acelerar la historia» por la vía de una violencia armada que, generalmente, terminó abocándose al desastre.
La internacionalización de la izquierda goza de relativa salud hasta el punto de constituir un modelo útil a otros movimientos de vocación universalista -v. gr. el radicalismo islamista-. La vieja estructura de las internacionales ha sufrido fuertes cambios y readaptaciones, desde la reformulación de su vocación continental a través de nuevos modelos, caso del bolivarianismo, a la nueva estructura en redes nodulares de miríada de asociaciones, grupos de apoyo, partidos y sindicatos de todo el mundo que creen compartir un ideario y actúan con relativa independencia. Por entre este vasto conjunto se distribuye la mística revolucionaria violenta -la Libertad guiando a las masas, el asalto al Palacio de invierno, la Larga Marcha de Mao, la entrada de Fidel en La Habana, la victoria sandinista....- para consumo de ingenuos irreflexivos, posiblemente bienintencionados, generando un importante capital simbólico para el ejercicio continuado de la violencia.
A partir de esta mística, el internacionalismo construye importantes arterias alimenticias para los movimientos armados. Encuentran apoyos mayores a niveles institucionales, a través de gobiernos extranjeros que hacen causa común con los grupos o de alguna de sus instancias internas -municipios, parlamentos locales, etc.-. Los movimientos sociales, grupos de ideología afín, partidos, sindicatos, asociaciones, ONG, y una pléyade de individuos satélites de los grupúsculos de izquierda constituyen apoyos menores que sin embargo son de tremenda importancia y alcance en la era de Internet. Esta sólida red internacional consigue guías, formación, entrenamiento, armas, hombres, lugares de refugio… En ella se incluye el blanqueo del dinero extraído por la extorsión, los secuestros o el narcotráfico y las redes de tráfico de armas, que los internacionalistas ingenuos prefieren negar o ignorar.
Tanto ETA como las FARC han sabido construir inteligentemente estas redes, que además se cruzan y entremezclan en su internacionalismo solidario. Esto les permite transmitir su visión del conflicto del que son actores y ganar inexplicables apoyos. De hecho, si hay algo que estratégicamente define a esos movimientos armados modernos es su clara estructura de redes pluricelulares: una pléyade de asociaciones, colectivos, coordinadoras, ONG, que so capa de la diversificación de agentes y objetivos -lengua, folklore, religión, deporte, jóvenes, parados, presos, mujeres...- recoge y extiende apoyos con el objetivo final de la causa revolucionaria, independentista, fundamentalista... Penetran al interior de sus sociedades ejerciendo un papel desestabilizador, urdiendo una trama compleja que dificulta enormemente la persecución de su violencia intolerante. Al exterior, esta estructura se convierte en un elemento clave de financiación, por un lado, pero sobre todo produce un capital simbólico que retroalimenta su totalitarismo moral y fortalece los falsos argumentos de su causa, granjeándole la simpatía y el apoyo de grupos y personas que de otro modo no lo brindarían a un simple grupo armado. A su vez, este capital simbólico retroalimenta el conflicto: la aparente coincidencia moral con colectivos internacionales de compromiso ético brinda a sus tesis de guerra cuotas de legitimidad para continuar con su ejercicio de dolor.
Cualquiera que haya visitado las zonas de operación de las FARC, las zonas rurales más pobres de Colombia, sabe de su constante extorsión a las comunidades residentes, en bienes y en jóvenes; del dolor y muertes provocadas con su diseminación de minas antipersona; de sus secuestros inacabables; del control de las rutas de la droga y su connivencia con grupos de narcotraficantes. Sabe también de su desatención egoísta al clamor de la sociedad colombiana que le pide su desaparición, pues su presencia sirve para justificar las estructuras de opresión que dicen combatir: los paramilitares vinculados a las oligarquías ganaderas latifundistas, el narcotráfico, el Estado militarizado y la corrupción y confusión de todos esos elementos. Para el caso de ETA, encontramos la misma desatención a una sociedad cuya única fuente de extorsión y violencia es la proveniente de los colectivos etarras, una sociedad que siendo el espacio europeo que goza de las mayores cuotas de autogobierno y los mayores índices de desarrollo de su entorno, el autodefinido Movimiento de Liberación Nacional Vasco la describe a terceros como perseguida y en proceso de erradicación cultural.
Los datos a los que hace referencia el auto del juez Velasco, permiten ver la frecuencia y naturalidad de estas relaciones, de las estrategias y formación militar compartidas... pero antes sabíamos de las visitas de turismo revolucionario, la presencia de estudiantes en los campamentos de las FARC y el agasajo a sus amigos internacionales, la acrítica aceptación de las tesis de ambos grupos en otros países, y el camaleonismo de sus ideales a las expectativas de sus interlocutores.
El presidente venezolano Hugo Chávez callará porque no le interesa que se hable de la CCB -con dos comandantes de las FARC en la presidencia colectiva-, ni de a dónde o a quiénes va la financiación de las Casas del ALBA -Alternativa Bolivariana para los pueblos de nuestra América- que se extienden por aquel continente, ni tampoco del alcance etarra en los pasillos gubernamentales bolivarianos. España ha hecho mal sus deberes al no atender las ramificaciones internacionales de ETA que, sorprendentemente para cualquier conocedor de la realidad del País Vasco, han generado a la organización terrorista una imagen positiva en importantes entornos de América Latina, Sudáfrica, Norteamérica, y en los países nórdicos, entre otros. Sus penetraciones han alcanzado comisiones de las Naciones Unidas, del Foro Social Mundial, de gobiernos suramericanos, y organizaciones indigenistas, sin olvidar a numerosas instituciones autonómicas durante los años de monopolio nacionalista en el País Vasco.
Algunos no sabrán lo que hay detrás de las proclamas, de las fotos heroicas, de los discursos setenteros de viejos guerrilleros barbudos, de los descontextualizados pañuelos palestinos. Pero el Estado y la Sociedad democrática sí saben -por sufrirlo- lo que se juegan en la tergiversación terrorista, su desprecio de la vida y la tolerancia, la manipulación de causas de terceros. A la vista están los riesgos de estas ingenuas redes internacionales.

(*) Ignacio Fernández de Mata es profesor de Antropología Social
en la Universidad de Burgos.