8/10/10

LA TRAMPA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 08/09/2010

Es cierto: hay una trampa. Pero la trampa no es la tregua; ni siquiera ETA. La trampa es el nacionalismo, un sentimiento trastocado en obsesión identitaria que en su proceso de invención de una patria lleva a muchos a derivas intolerantes, violentas y exterminadoras. Porque las naciones, verbalizadas en patrias, rápidamente se convierten en entes sagrados que justifican todo lo que se perpetra en su nombre.
Las naciones son construcciones culturales; existen porque así han sido definidas, y rara vez incluyendo los matices de todos sus potenciales integrantes. Estas definiciones innecesarias, imposibles y problemáticas suelen hacerse por oposición a otros grupos culturales, a otras sensibilidades, a otras formas de vivir. Quienes se erigen en voluntarios de tan «trascendental tarea» tienden a generar un paquete totalizador puramente hamletiano: «O se es así, o no se es». Ergo, «hay» que hablar una sola lengua, «hay» que pertenecer a una sola religión, «hay» que entender la política desde el dirigismo de líderes «propios», incluso «hay» que tener singularidades biológicas.
Somos seres profundamente sociales: necesitamos pertenecer, ser miembros de grupos, vivir acompañados… es la naturaleza humana. Cómo construir esos espacios de convivencia y relación con un sentido integrador y tolerante es el quid de la cuestión.
Nacionalismo y democracia son elementos de difícil combinación. Los nacionalistas exaltados usan los espacios de la democracia para excluir, recortar derechos y libertades, para anunciar que «aquí no cabemos todos». Con su lenguaje-trampa, construyen epopeyas, pasados inexistentes, historias de fantasía, héroes y caídos…, inmensas manipulaciones sentimentales. Su obcecada negación de la realidad y el presente -plural y cambiante, internacional e intercultural- les lleva al desprecio del dolor y la frustración que producen sus acciones, su intolerancia virulenta.
Nacionalistas del mundo, dejadnos vivir en paz. Somos muchos los que no necesitamos pertenecer a ningún pueblo elegido por ningún dios, sentirnos superiores a otras culturas, hacer de la provincia, la región o el país una trinchera, o matarnos por trapos de colorines. Agur, majos.