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NI BELFAST, NI JOHANNESBURGO, NI KOSOVO.

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 12/01/2011

     Cuando en 1894 Sabino Arana fundó el PNV e inventó el palabro con que designó al País Vasco (Euskadi), daba carta de naturaleza a un proceso de racialización y sacralización de la lengua, la cultura y el territorio que, en la interpretación etarra, ha llevado hasta el cómputo actual de 857 víctimas mortales. No hago demagogia. La exacerbación nacionalista produjo el invento de que la lengua es alma y esencia de raza y ésta de un pueblo marcado sanguíneamente. La mezcla de milenarismo judeocristiano junto a tesis genetistas y racistas, llevó a algunos iluminados al rastreo de “lo vasco” en la historia, produciendo otro caso más de invención de una nación, tal cual lo han estudiado autores como Hroch, Hobsbawm, Anderson o Gellner. Ya he señalado en estas mismas páginas que el conflicto-trampa radica en el propio lenguaje nacionalista, empeñado en sus artificios definitorios y exclusivistas. Además, ETA añade al cóctel una lectura marxista-leninista “revolucionaria de liberación nacional”. Pero ni esto es Belfast, ni Johannesburgo, ni Kosovo. El País Vasco no se halla ocupado por una potencia extranjera opresora; no existe un apartheid que separe racialmente poblaciones con diferentes derechos y privilegios; no le precede una guerra de limpieza étnica tras una fractura del estado preexistente. El problema son, como siempre, las palabras, los distorsionadores términos nacionalistas. Mediante su uso y juego, una parte de la población ha construido para sí el absurdo de verse johannesburguense, belfastiana y kosovar. Han inventado un mundo voluntariamente sordo, donde males y culpables siempre vienen “de afuera”. ¿Qué se puede transar o negociar con el fanatismo?
El hábil proceso de captación de ira social realizado por el mundo etarra les llevó a confundir la lucha de clases con colonialismo, la contracultura generacional con iluminismo ideológico, la modernización con etnocidio cultural. El problema es grave porque hay muertos y víctimas de por medio y porque la connivencia del imposible pero así llamado “nacionalismo moderado”, ha legitimado lenguajes y actitudes en los que jamás se debería haber consentido por responsabilidad democrática y social. El proceso será largo y costoso: se trata de que se quiten la venda de los ojos y vean la fealdad del mundo frente a frente, la necesidad de cooperar, tolerarse y aceptar normas. Y no hay más. Si quieren seguir jugando a inventar el pasado para disfrazar el presente, háganlo una vez rendidas y entregadas las armas.

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