18/4/11

EL CIPRÉS

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 1/04/2011


En las décadas de 1920 y 30, nuestra ciudad experimentó, de elegante manera, la sempiterna lucha entre generaciones por la vía del Arte. Éste, con mayúsculas, venía anunciado en expresión bélica: “Vanguardia”, si bien sus esfuerzos iban orientados a la modernidad y al experimentalismo.
El general de esta tropa creadora fue Eduardo de Ontañón (1902-1949), una de las más genuinas e interesantes personalidades que haya dado este madrastrón Burgos nuestro. El batallón recibía el nombre de El Ciprés, tertulia cafetalina que tenía por última base El Candelas, tras haber pasado por la Librería Ontañón y el Café del Iris. Hijo de un periodista de raza, cultivador de sus propias tertulias, Eduardo aprendió la riqueza del mundo de los cafés literarios en el Madrid de Gómez de la Serna y quiso para Burgos sucursal de El Pombo.
Ontañón convirtió la tertulia El Ciprés en mucho más que humo, vanidad y vocerío. Sus reuniones eran verdaderos encuentros artísticos nunca faltos de humor que, como no podía ser de otra manera, comenzaban con tremebunda pitanza de jueves gordo y continuaban con espirituosas combinaciones con moka. Los miembros de este artístico club eran tanto pintores, como escritores, arquitectos, médicos, músicos, archiveros, poetas, dramaturgos, impresores, maestros y profesores, políticos y sindicalistas, bibliotecarios, lectores…, reunidos siempre en torno a la figuración de tal árbol, con independencia de las adscripciones ideológicas de cada uno. Sus cónclaves iban antecedidos de avisos y anuncios insertos en el Diario de Burgos, pero también de cuadernillos que imprimían en los talleres de Saiz Barrón con el programa del jueves, incluyendo los datos gastronómicos, y abundosa relación del acto. Solían ser estas reuniones, grosso modo, de tres tipos: en homenaje a un creador foráneo invitado; por conmemoración de un tema o personaje del pasado; o para celebrar algún éxito de los propios contertulios. La recitación, disertación y concierto constituían el meollo de estos actos noctívagos y refrescantes, envidia de otros casposos culturetas que seguían con el soniquete del burgalesismo más ramplón.
En 1936, algo más de la mitad de sus miembros sufrieron la oscuridad cernida, el cáncer de la libertad y creatividad que fue el nacimiento del franquismo. Asesinados, represaliados, exiliados, El Ciprés desapareció para quedar únicamente como símbolo de cementerios y silencios.
El argénteo fulgor generacional de aquellas gentes y empeños, merecen hoy un especial recuerdo y la reivindicación de su conocimiento.

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