26/10/11

CRIPTOCIUDADANOS

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 26/10/2011

La hipersensibilidad de este país para detectar al extraño suele acompañarse de las consabidas tretas y esfuerzos para hacerle sentir exactamente así: extraño. Un largo historial de expulsiones y fobias racistas nos han convertido en un pueblo intolerante, insensible e ignorante. Nos desconcierta la heterogeneidad y son legión quienes siguen pensando que sólo se puede ser español mostrando una suerte de pedigrí. Es el resabio histórico de construir la identidad en torno a una religión que vigiló la heterodoxia con la inquisición bajo dirección de una monarquía que expulsó de sus territorios al diferente...
Las reacciones tipo “esto es nuestro y las cosas aquí se hacen así”, muestran la permanencia de una actitud que tiene mucho que ver con aquella vieja sociedad estamental de los cristianos viejos: que el diferente se oculte, que no se muestren públicamente, que practiquen en secreto su diferencia. Vamos, que se asuman nuevos criptojudíos o criptomusulmanes. Que en definitiva se invisibilice al extraño.
Parece que algunos entienden el concepto “integración” como la traslación directa del de “asimilación”. En definitiva, que para que un emigrante pueda ser definido como “bueno”, ha de olvidar todo lo relativo a su cultura de procedencia (vestimenta, creencias, prácticas, alimentación, sociabilidad, etc.) y convertirse en algo parecido a un zombispañol.
La convivencia con otras culturas no puede llevar únicamente a que los que vienen de fuera hagan todo el esfuerzo de adaptación. Eso llevará indefectiblemente a procesos de guetificación de sus comunidades y, a la postre, a la incomprensión mutua y a la confrontación. La convivencia en una sociedad que se precia de ser democrática se construye a partir de la solución de conflictos y la tolerancia a la diferencia, no la eliminación de ésta. Son muchas las reglas y normas que se van adaptando a las demandas de una sociedad que, lógicamente, va muy por delante de sus reglamentos. Porque aquello de que el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado sigue siendo válido. Mostrar como modelo social y educativo la tolerancia y la capacidad de llegar a acuerdos nos haría más sabios, más maduros, más integradores y ser una sociedad menos estresada.

12/10/11

EL VELO Y LA INTOLERANCIA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 12/12/2011
 
Pongamos que se llama Fatimah, tiene doce años y vive en España desde antes de cumplir un año. Su familia vino de Marruecos buscando trabajo y una vida mejor para los suyos. Fatimah es musulmana, marroquí y española, lo que no siente deba ser contradictorio. Como todo emigrante, desde que nació ha vivido entre dos culturas, la de su país de residencia y la de la tierra de sus padres. En casa, lógicamente, se respetan las fiestas musulmanas, los alimentos de su tierra y tradición (halal), las horas de oración. En clase y en la calle, con sus amigos, Fatimah comparte las cosas de su edad: se ha visto todas las películas de la serie Crepúsculo, tiene un mp3 con la música de Justin Bieber y le gustan las patatas bravas. Desde hace año y medio, viste el hiyab.
Fatimah ya no es estrictamente una niña: está en la pubertad. De su familia ha aprendido el valor de los ritos y los símbolos, y ella siente que vistiendo el hiyab ordena y protege su intimidad y persona. Viste el pañuelo porque implica decoro y respeto. Y lo hace voluntariamente porque le agrada reconocerse en su crecimiento como mujer.
Con 12 años, Fatimah ha experimentado el rechazo y la incomprensión en el espacio más inesperado: su instituto de educación pública. Miembro de una sociedad que se dice democrática y plural, aconfesional, Fatimah ha sufrido la absurda aplicación de un reglamento que, desconociendo su libertad e identidad personal y el derecho a expresar su creencia desde el respeto y el decoro, ha hecho de ella una provocadora y una fanática radical. Su decisión personal se ha topado con el carácter oculto de su sociedad: ignorante, intolerante, excluyente, enemiga del no-cristiano, asustada e incapaz de gestionar la diversidad en la que vivimos. Le escupen que se vaya a “su” país, que aquí somos “democráticos”, que lo suyo sí es intolerancia, cuando lo único que ella quiere es estudiar sin renunciar a ser Fatimah; ser una mujer cualificada y musulmana. ¿Le negaríamos el derecho a ser practicante a una chica cristiana?
Con solo 12 años nos ha hecho enrojecer de vergüenza: nos ha hecho ver cuán intransigentes y xenófobos podemos llegar a ser. Admiro a Fatimah; y yo, al menos, quiero pedirle perdón.