12/10/11

EL VELO Y LA INTOLERANCIA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

DIARIO DE BURGOS, 12/12/2011
 
Pongamos que se llama Fatimah, tiene doce años y vive en España desde antes de cumplir un año. Su familia vino de Marruecos buscando trabajo y una vida mejor para los suyos. Fatimah es musulmana, marroquí y española, lo que no siente deba ser contradictorio. Como todo emigrante, desde que nació ha vivido entre dos culturas, la de su país de residencia y la de la tierra de sus padres. En casa, lógicamente, se respetan las fiestas musulmanas, los alimentos de su tierra y tradición (halal), las horas de oración. En clase y en la calle, con sus amigos, Fatimah comparte las cosas de su edad: se ha visto todas las películas de la serie Crepúsculo, tiene un mp3 con la música de Justin Bieber y le gustan las patatas bravas. Desde hace año y medio, viste el hiyab.
Fatimah ya no es estrictamente una niña: está en la pubertad. De su familia ha aprendido el valor de los ritos y los símbolos, y ella siente que vistiendo el hiyab ordena y protege su intimidad y persona. Viste el pañuelo porque implica decoro y respeto. Y lo hace voluntariamente porque le agrada reconocerse en su crecimiento como mujer.
Con 12 años, Fatimah ha experimentado el rechazo y la incomprensión en el espacio más inesperado: su instituto de educación pública. Miembro de una sociedad que se dice democrática y plural, aconfesional, Fatimah ha sufrido la absurda aplicación de un reglamento que, desconociendo su libertad e identidad personal y el derecho a expresar su creencia desde el respeto y el decoro, ha hecho de ella una provocadora y una fanática radical. Su decisión personal se ha topado con el carácter oculto de su sociedad: ignorante, intolerante, excluyente, enemiga del no-cristiano, asustada e incapaz de gestionar la diversidad en la que vivimos. Le escupen que se vaya a “su” país, que aquí somos “democráticos”, que lo suyo sí es intolerancia, cuando lo único que ella quiere es estudiar sin renunciar a ser Fatimah; ser una mujer cualificada y musulmana. ¿Le negaríamos el derecho a ser practicante a una chica cristiana?
Con solo 12 años nos ha hecho enrojecer de vergüenza: nos ha hecho ver cuán intransigentes y xenófobos podemos llegar a ser. Admiro a Fatimah; y yo, al menos, quiero pedirle perdón.