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LO NUESTRO

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 09/04/2014. Contraportada

Recuerdo espiar con envidia qué y cuándo comían los hortelanos que trabajaban para mi abuelo. Cada verano —en realidad, cada fin de semana—, sorteaba el área de las huertas que acotaban el jardín de la casa mayor y volaba impertinente hacia los entornos de aquella familia ruidosa que comía a la una y pico y a las ocho ya estaban cenando. ¡Cenando con fundamento! Nada que ver con las aburridas tortillas que me despedían a las diez cada noche. Comían en grupo, familiarmente, con amplio paseo de platos y desfile de fuentes vinagrosas. En aquel espacio situado en los bordes de la ciudad, allá por los 70s, aún se topaban los horarios del solar mundo rural con el acomodo burgués urbano.
Por entonces, comer pronto era algo arcaico, de pueblo; hacerlo tarde era moderno. Quienes debaten hoy el asunto de nuestros horarios alimenticios ignoran, al parecer, que hasta principios del siglo XX lo común en España ha sido comer con el horario que hoy decimos europeo. Durante la dictadura de Primo de Rivera surgió cierta preocupación por el paulatino retraso de las comidas en las ciudades —las clases medias altas a la vanguardia—, a horarios cada vez más disfuncionales con el laboral. Estas pautas se reforzaron con la dura posguerra y la irrupción del pluriempleo que, en aras de un duro necesario, destrozaba las horas tradicionales. El posterior desarrollismo industrial, los turnos corridos y la incorporación de las mujeres al mundo laboral redujeron a los últimos resistentes arcaicos, con colaboración electrodoméstica y comida precocinada. Que además fuera chic alternar, picotear, participar del circuito de sociabilidad que supone el vinoteo, distinguirse de lo que eran las costumbres del abandonado pueblo para trabajar por un jornal… hizo el resto.

Hacer de los horarios alimenticios un asunto referencial negándose a cualquier cambio puede ser un absurdo: aparte de ventajas productivas, volveríamos paradójicamente a viejos patrones peninsulares. En el fondo, los horarios de ahora son una invención bastante reciente. Lo que parece asustar más de las propuestas de reforma es que se plantean para racionalizar nuestras vidas. Y, puestos idiosincráticos, decirlo así es claramente una ordinariez. (¡Ah! y el fin de los bares).

Juan de Echevarría (1875-1931). Merienda vasca en Ondárroa, 1918-1919.