26/11/14

CAMISA BLANCA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 26/11/2014, Contraportada.

Todo el mundo recuerda el impacto que causó Gabriel García Márquez al recoger el premio nobel de literatura de 1982. Su figura alba absorbía toda la luz del escenario dotándole de una tremenda fuerza y simbolismo que acrecentaba la sensación de merecimiento del galardón.
El blanco es mucho más que un color. En nuestra tradición cultural es el símbolo de la pureza, la inocencia y castidad. También de la asepsia médica. De blanco representamos a las virginales doncellas, visten a las niñas de primera comunión, los sueños futuristas. De blanco se cubren los papas invocando su condición semidivina. Del blanco solo puedo venir la luz, el bien y la salud.
El blanco expresa también austeridad, contención frente al desmadre del color, a la borrachera visual. El blanco marca el protagonismo y la centralidad, como reconocemos en la historia de la pintura: tantos santos, cristos y vírgenes que consiguen  ser el centro visual de la escena merced al blanco de sus paños, túnicas o velos. En la Modernidad, quien mejor provecho sacó de ello fue Goya haciendo converger una luz imposible sobre la camisa blanca de esa suerte de cristo que encabeza “Los fusilamientos del tres de mayo”. El mismo recurso del blanco utilizó Edvard Munch con su hermana, y tantos Sorollas desbordantes de luz. El blanco marca determinación y diferencia, como expresa Edward Hopper con su payaso de Soir bleu. También otra forma de encarar (cargados de razones) los conflictos: he ahí la inocente niña negra de blanco vestido, de “El problema que vivimos”, de Norman Rockwell, poderoso símbolo contra la segregación racial. De blanco se puede morir por puro idealismo sabiendo que, en el fondo, nada morirá: ¿qué mejor ejemplo que “Muerte de un miliciano”, de Robert Capa, hijastro icónico de Goya?
De blanco encontramos a Pedro Sánchez, a Pablo Iglesias (en general, la hueste principal de Podemos), a Alberto Garzón, también a Luis Tudanca. Rompen (o dicen que rompen) con el pasado, con la corrupción y con el abandono de la ciudadanía. No son blancos iguales, claro. En esto también hay marcas…

En Ferguson, EE.UU., un blanco puede ser un perfecto hijoputa. Nosotros buscamos un mirlo blanco: aquel que sepa, como dice el Financial Times, como poco, reestructurar la deuda.


12/11/14

BORRASCAS

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 12/11/2014. Contraportada.

El victimismo es uno de los grandes motores de la política nacionalista. Unas veces porque se asumían invadidos, o no reconocidos, o porque se consideran tratados con injusticia (esto es, hay alguien ahí afuera a quien culpar y contra quien “ser”), todo converge, en definitiva, en la eterna insatisfacción.
El nacionalismo es, como bien dijo Ernest Gellner, un sentimentalismo. Contra eso no hay razones. Quiero decir, da igual que nos dediquemos a desmontar uno por uno los mitos y forzamientos con los que se construye la historia nacionalista. A la postre, el nacionalismo no se apoya en razones, sino en querencias. Otra cosa es cómo conseguir que miles o millones de personas asuman estas no-razones como definición restrictiva de su propia identidad. (Permítanme, un absurdo: somos, nos reconocemos pertenecientes a demasiadas cosas y lugares como para conjugar en singular nuestras complejas identidades). En cualquier caso, la identidad colectiva no es inmanente, un eterno fluir. Se construye, se articula y también se manipula, es decir, es un proceso vivo y no esencial. En eso el papel de los medios de comunicación y del sistema educativo es fundamental, y no porque utilicen tal o cual lengua, eso no debería suponer mayor conflicto, sino por el mensaje, la insistencia en el exclusivismo, en la diferencia.
Lo más gracioso del caso nacionalista catalán es su convencimiento de ser proscritos maltratados. Toda España, creen, conspira para hacerles la puñeta. Y, sin embargo, la sonrisa triste que ha abundado en nuestras caras al descubrirse la corrupta mafia de los Pujol vino, sobre todo, por lo que supone de desmontaje del hiriente “España nos roba” y por lo mucho que, desgraciadamente, acerca a la sociedad catalana al resto del país. En esto del robar, en España hay monolingüismo…

Yo sí creo posible ser español y catalán, siempre y cuando no españolicemos, no restrinjamos con otro tipo de nacionalismo la forma de sentirse participantes en una sociedad plural y heterogénea. Desde luego, a los intereses del independentismo catalán (por lo que se ha visto, no más de un tercio de la sociedad catalana), nada ha podido venirle mejor que tener enfrente a don Tancredo Rajoy. Debe ser semejante a la felicidad de Florentino por la permanencia de Luis Enrique.

Don Tancredo López