24/2/16

POLÍTICAS DE MEMORIA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 24/02/2016. Contraportada.

   España  arrastra un grave problema con relación a su pasado más desgarrador: la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista. Una dañina herencia de asesinatos, latrocinios e innumerables injusticias lastra nuestra democracia —y no ha mucho ha provocado la condena de la ONU—.
   Resulta incomprensible el desprecio institucional y de una parte de la sociedad española a las víctimas de la represión franquista, sometidas a la imposible conclusión de sus duelos —una muerte sin cuerpos—; ciudadanos privados del apoyo, respeto y calor social que pedimos para otras víctimas. Estas personas que han vivido la experiencia de sentirse excluidos de la historia, encontraron en la categoría memoria histórica, la posibilidad de reenganchar su dolor, explotación y subalternidad con un sentido de la historia inclusivo, dignificador y humanizador. Algunos historiadores no entendieron esta necesidad —surgida desde abajo, en el abandono, y prefirieron acentuar algunas carencias metodológicas o discursivas de la expresión memoria histórica. Mientras, con sus pequeñas acciones y reivindicaciones humanitarias —v. gr., reenterrar convenientemente a sus deudos—, las víctimas han tratado de compensar —y evidenciado— la ausencia y necesidad de políticas de memoria que presenta nuestra democracia.
   A menudo se olvida que el franquismo fue un régimen de obsesiva memorización. Sus hitos calendáricos, sus referencias simbólicas, su utilización de la historia giraba  insistentemente sobre una guerra y su crudelísima victoria, de la que trataba de extraer imposibles legitimidades a su origen golpista. La dictadura igualmente manipuló a sus víctimas —los Caídos por Dios y por España—, a los que se les impidió cerrar sus duelos para ser siempre dolientes anclados en el odio y pretexto legitimador del régimen. Con todo ello se trastocó la educación y la construcción del sentido de comunidad nacional de varias generaciones de españoles.

   En lugar de pasar página, el Gobierno, las comunidades autónomas y los ayuntamientos deben aplicar políticas de memoria restaurativas que den respuestas a las víctimas y confirmen el compromiso democrático de nuestra sociedad. Lo contrario: mantener el callejero franquista, las menciones honoríficas, las exaltaciones monumentales, hace ver a la parte nostálgica del franquismo que sus principios son igualmente válidos, que no pasa nada por despreciar a las víctimas, que siguen vigentes las clasificaciones y valores franquistas. Y no.


El maestro Antonio Benaiges y sus alumnos, delante de la escuela de Bañuelos de Bureba (Burgos), en 1936