DIARIO DE BURGOS, 14/04/2026.
La
instrumentalización del poder judicial por las derechas se ha convertido en una
de las más preocupantes estrategias de un movimiento conservador internacional devenido
en amoral. La Justicia ha dejado de ser objeto de confianza en Occidente. Este
entrismo antisistema responde a las maniobras de sectores ideológicos y
económicos que buscan acabar con la democracia —definida, pásmense, como Anticristo—.
A través de los jueces-activistas se controlan los nombramientos y composición
de los órganos judiciales, se pone en riesgo el derecho al aborto, la
eutanasia, se construyen falsos escándalos contra los adversarios políticos
para hundir sus carreras, se boicotea la aplicación de leyes emanadas del
parlamento, se exonera de culpas a verdaderos corruptos por ser de la cuerda,
se inadmiten pruebas rotundas sobre la comisión de delitos por idénticas
razones, se duermen instrucciones hasta la extenuación y se hacen
coincidir juicios que distraigan a la ciudadanía de la corrupción organizada
desde los aparatos del Estado… O, como vemos aquí, se persigue infundadamente a
familiares del titular del Gobierno para desgastar su imagen y potencia
política —dígaseme qué político de la oposición tiene la altura, capacidad y
cualificación del presidente Sánchez—.
En medio de un
mundo al borde del caos por las actuaciones de una administración, la
norteamericana, desnortada éticamente y en manos irresponsables, vemos en
paralelo los efectos que en nuestras sociedades esos mismos mimbres provocan con
el control del poder judicial. No somos ciegos ni sordos para no ver qué está
pasando, lo que está en juego.

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