DIARIO DE BURGOS, 03/02/2026. Página 5.
El asunto se
desbordó con la espantada de David Uclés: nada sabía de la participación de Aznar
y Espinosa de los Monteros, que no contaran con él. Otros invitados tomaron la
misma puerta: Antonio Maillo, María Márquez, Carmen Calvo, Paco Cerdá, Zira
Box… Pérez Reverte cabreó aún más al personal al decir que había habido un
error de maquetación del título, un desafortunado “1936: La guerra que todos
perdimos”, pues le faltaban las interrogaciones ─ayer reconoció que mintió─. Después
sumó acusaciones gruesas de boicot a la izquierda, particularmente a Pablo
Iglesias, con lo que quedó la bicha mentada.
No me cabe la
menor duda de que en la cabeza del creador de Alatriste, aquel cartel, con
semejante purrusalda de nombres, debía parecerle una idea brillante y compensada:
historiadores, periodistas, escritores y políticos en feliz refocilación de
izquierdas y derechas, como si con eso se pusieran las bases para alcanzar una
suerte de consenso o tierra de nadie...
Después de una
terrible Guerra ─de ninguna manera “inevitable”─, y de una dictadura
sangrienta, cruel, envilecedora y retardante de España, no es que sea difícil
la equidistancia, es que es imposible e innecesaria. La pretensión de Pérez
Reverte de erigirse en árbitro de versiones o pecados, como si se tratara de
ejercicios ignacianos, puede tacharse de naif o de ridícula. La Historia la
escriben los historiadores, que es cosa diferente a la suma de recuerdos o
memorias. El consenso debería darse en el respeto a la labor profesional y en
que se deje de agitar y distorsionar la Guerra para enfrentar, malmeter y
engañar a los españoles, como hacen no pocos políticos y periodistas. Meter en
un mismo saco exaltados, manipuladores y académicos no será más que una riña de
gatos de postín. Ruido. Lo que, lamentablemente, solo contribuye a alimentar,
de nuevo, lo innecesario.








