DIARIO DE BURGOS, 09/06/2026. Página 5.
Inesperado,
llega mientras estás instalado en la rutina, en la vida conducida a timbrazo
del calendar, cuando acabas de descargar la compra y concedes un
instante de piedad al malbaratado cuerpo que arrastras con una 0,0 que mil
diablos se lleven… “Papá, ha salido la nota de la asignatura hueso: 8,55. Falta
una más, pero está asegurada. Bueno, y la de las prácticas”. En la misma semana
que acaba sus estudios con excelentes resultados, Alejandro consigue su primer
trabajo a jornada completa, indefinido. El que él quería. Ha hecho un montón de
entrevistas online y presenciales, respondiendo a lo previsible y a lo
inconcebible, vadeándose entre posibilidades, contratos mediopensionistas e
incógnitas. Todo lo ha buscado él, todo lo ha conseguido él. Y en este cierre
tumultuoso de curso, ha sumado un viaje de trabajo al extranjero ―otro curro
ocasional―, consciente de que se prepara para lanzarse a la vida con toda la
previsión y ahorro que le es posible.
De pronto, veo
a mi hijo como el hombre que deseaba ser, con la conciencia de estar donde
quiere y debe porque ha echado el resto para ello. Atrás quedó la desilusión
momentánea de la carrera, la desesperanza y pesimismo de su generación, la
búsqueda de escusas... Ante mí un joven que ha abandonado la autojustificación
estéril, las culpas ajenas ante el fracaso momentáneo, las blandenguerías que
impiden madurar.
Inspiro entre
el orgullo y un punto de nostalgia recordando mi propia salida al mundo, la
desconfianza y roces con mi progenitor, las zozobras inevitables ante
decisiones de calado. Se me aguan los ojos pensando en mi padre-cierzo, con
quien tanto me costó entenderme y que luego sentí tan peculiarmente próximo y
orgulloso de mí, aunque fuera a voces.









