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11/11/25

50 AÑOS EN LIBERTAD

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 11/11/2025. Página 5.  

 Entramos en una semana decisiva de las conmemoraciones que el Comisionado nacional de “50 años de España en Libertad” y la Subdelegación del Gobierno han organizado para Burgos. Por la provincia está celebrándose un importante ciclo de conferencias de especialistas universitarios sobre cuestiones clave de estas últimas cinco décadas ─la memoria del exilio y el conflicto de su ausencia, en Medina de Pomar (30 oct.); la redefinición del medio rural y su desarrollo, en Salas de los Infantes (4 nov.); el mito de los comuneros y la construcción autonómica, en Briviesca (14 nov.); la muerte de Franco y sus consecuencias políticas, en Lerma (20 nov.); la lucha política del feminismo, en Aranda de Duero (2 dic.); la memoria de la deportación de españoles a Mauthausen, en Miranda de Ebro (4 dic.)─, charlas que se maridan con emocionantes recitales que, de la mano de Cuerda de Versos, recorren las generaciones poéticas del 27, del 36 y del 50: Para la Libertad.

Mañana empieza en Burgos un congreso internacional centrado en la Transición desde la realidad social más extendida de nuestro país: las ciudades medias. En el Paraninfo de la Universidad de Burgos (día 12) y en la Facultad de Humanidades (día 13), grandes especialistas europeos nos descubrirán cómo fue la Transición desde el análisis de los movimientos sociales, la conquista de nuevos espacios por las mujeres, la confrontación de los legados franquistas con los nuevos modos democráticos, y la Memoria Democrática como memoria pública y local recuperada. Un programa para aprender y entender nuestra Historia, que entrevera entre sus sesiones académicas el exitoso recital de Max Pradera “Si me borrara el viento lo que yo canto”, sobre la canción protesta ─que también se celebrará en Miranda el día 21 de noviembre─.

Diego Manrique, Enric Juliana y Nicolás Sartorius compartirán con el público burgalés sus reflexiones y experiencias en Cultural Cordón los miércoles 19, 26 (nov.) y 3 de diciembre. Toda la cultura, todo sobre el autoritarismo hoy, toda la historia de las luchas por la Libertad.

Y esta tarde, cine en los vangolem con El disputado voto del Sr. Cayo, o cómo Delibes ─y Giménez-Rico─ nos hicieron ver los retos de la recuperada democracia a través de nuestro medio rural. El próximo martes 18, Santa Cruz, por ejemplo: la memoria y la dignidad desde un pueblo burgalés como ejemplo al mundo.

Todos los actos entrada libre hasta completar aforo. Disfrútenlo.

(Para más informaciónn: https://www2.ubu.es/catedra_mhd/es/50-anos-de-espana-en-libertad )


16/4/25

LA "SAETA CASTELLANA"

Ignacio Fernández de Mata. 16/04/2025. 


  Ya me he referido en alguna ocasión a la concepción del centro de Burgos como un Disneylandia, por ejemplo, con el degradante proyecto de Xpande, que no es sino un ejercicio de turistificación que expulsa al ciudadano local para convertir el espacio urbano en un área de servicios para el visitante madrileño, vasco o guiri que solo requiere patrimonio-disney y hosteleríayusismo. La Semana Santa ha sido desde hace tiempo un adelanto de todo esto. Y su transformación/perversión fue ya comentada. En el caso de la de Burgos, casi no queda nada de la original en su formato actual (porque era sosa). El antropólogo Jose Mansilla (@antroperplejo) también lo ha descrito en términos precisos: La disneyficación de la Semana Santa.

 En Burgos, cada año nos sorprenden con una novedad, un paso diferente, una cofradía que “reaparece”, una procesión nueva… Este año toca la saeta castellana: “tras investigar en el cancionero burgalés, la concejalía de Festejos encontró un canto tradicional de la Semana Santa originario de Villafruela a modo de 'saeta castellana'. "Hemos querido poner en valor nuestro propio folclore y creemos que este canto sentido de la pasión de Cristo, que es originario de Villafruela, responde a nuestra identidad", ha explicado la alcaldesa.

  Han investigado y han dado con nuestra identidad, que al parecer estaba perdida.

  Es una novedad desconocida para la ciudad y sus tradiciones; pero, resulta que es “nuestra identidad”.

 “A modo de saeta castellana”, o lo que es lo mismo, el modelo andaluz operando, una vez más, como esquema del parque temático semanasantero que hay que cumplir. De nuevo, todo se hace para un turismo que reclama, que exige, que demanda hitos, presencias, acciones y representaciones. No se trata de religiosidad, no se trata de identidad, se trata de turismo, de hostelería, de pasta.

 Está bien. Se trata del tío Gilito, que tampoco se engañen luego los fundamentalistas pensando que todos comulgan de lo suyo. Están quienes lo viven con pasión verdadera y quienes malmeten con sus líos identitarios, tan mal digeridos. Y como se ve, estos últimos más bien van de palmeros de quienes salen a competir con las otras semanas, a cazar al pardillo turista, a ofrecer el y yo más, vamos, lo que supone la disneyficación (usando las calles, cofrades y demás naturales). Faltaba la saeta. Pues ahí está. Y encima “nuestra”. A ver quién supera eso…, (aunque no sea una saeta).



 


 

17/9/24

BURG DU FOU

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 17/09/2024. Página 5. 

 La ciudad pequeña se despereza después de los meses de suspensión, de invasión terraceril y serpientes varias, algunas ambiguas, pero siempre hosteleras. Sigue la confusión sobre qué somos ─y se reduce la duda de para quién se gobierna─: ¿la sombra de un tipo barbado a caballo?, ¿un barrio de pinchos y tapas?, ¿una herencia dictatorial de polígonos? La mala conciencia oclusa las digestiones, y se hernian. El pasado negado pasa factura al guardar en los desvanes las cosas como secretos sucios… Se juega a negar el ser y a afirmar el continuo. Entiéndase, el pasado, pero qué pasado: el pseudomedieval, el iliberal, el conservador de toda la vida, el facha, el de la vergüenza…

Qué debemos ser y preservar, qué arrumbar. Por ejemplo, la Universidad, que es el futuro. Por ejemplo, la Fernán González… La medievalización del pasado es un proyecto de control, pero no del pasado, sino del presente. El escogimiento de las élites de Burgos de un sesgo medieval no es un asunto ornamental, nada tiene que ver con lo patrimonial, sino con preservar el poder para sí. Todo se vuelve constante: la ciudad pequeña es de cogollo e ilustresía, de corte y cacicazgo, de dejar tirados a los comuneros, de mercaderes, piratas y especulación. Bueno, sí, medievo.

Estos días andan unos fondos machadianos mostrando su esplendor. A nadie parece importarle que sean fruto de la extorsión y la vergüenza, y que no estén en la RAE. Manuel Machado, el poeta bon vivant que no pudo irse de Burgos el 18 de julio de 1936, denunciado por el crítico de ABC Mariano Daranas, hizo in extremis ajuntamiento al tercio de la muerte con loas a los sublevados ─que ya le enfilaban─, mientras Antonio, su hermano del alma, defendía a la República. Pero aquí no se puede hablar de la Memoria Democrática, solo de Petain en el Rolls-Royce entre los regulares a caballo, presentando credenciales a Franco (1938). Otra vez, qué bonito es Barakaldo.

La ciudad pequeña guarda un subsuelo de grandes ocultaciones, entre ellas una inmensa bolsa de gas metano que ya quisiera Repsol ─el amigo de Venezuela─, que a lo mejor la pinchan mansamente con el subcidiano y volamos todos… Que nadie se asuste, todo seguirá igual. El mando, sujeto. En orden. Lo de siempre. Tal vez con un parking en altura más, atufando un cole, pero con decoración cidiana, cristina o porcel.



17/5/24

DESPERTANDO A LA VIDA... EN RECUERDO DE JUAN JOSÉ MOLINERO, MOLI.

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
16/025/2024. Refectorio de la Universidad de Burgos.

Mi intervención aquí hoy se debe más a la conocida generosidad de Inés que a ninguna razón de peso esgrimible, fuera del afecto y respeto que tributo a la memoria de quien fuera mi profesor. Durante años, Inés ha sido responsable de un invisible hilo de saludos y recuerdos entre dos personas que, una vez terminadas las clases, nunca más se volvieron a ver.

 

 Juan José Molinero Martínez fue mi profesor de Historia de la Filosofía en el curso 1986/1987. En puridad, una estela fugaz en la vida de un estudiante de Historias, como decíamos entonces.

De primeras, para los estudiantes, él era “el filósofo”, lo que para los de la bancada popular se ajustaba a su mirar pausado y clemente, a su mano tan temblorosa como solían ser sus frases mientras mesaba las barbas, sosteniendo con la otra un cigarrillo ─que entonces en clase se fumaba─. Así empezó el curso, 2º de carrera, que era cuando uno se sacudía la mugre bachilleril ─en mi caso, postjesuítica─, y, con suerte, empezaba a mojar… Moli se acomodaba a nuestra demanda de mundo y aliento. Un tipo que parecía caminar del brazo de Georges Brassens y Paco Ibáñez, y que Moustaki le hubiera prestado la trenca. Un sujeto de un primer pasar sordo que, junto a la frescura insolente de Inés, la apostura colonial de personaje de Agatha Christie de Ángel Esparza, los amaneramientos de Hermida vaticano de Luis Martínez, de incomprendido Champollion bien macerado de Adriano Gutiérrez, o de la minuciosa curiosidad pretecnológica de Federico Sanz, ya entonces padre de la patria, hicieron otro el tiempo y nuestra vida en el CUI de Burgos.

1987 fue un hito más en la historia de las huelgas universitarias españolas (como 1913, 1915, 1949, 1965, 1968, 1969, 1972, 1976, 1977… ¡cómo nos gusta el autoerotismo a los universitarios!). Pero, seamos justos, 1987 vino precedido por un 1986 que fue el de las huelgas salvajes en las enseñanzas medias, con el asentamiento de las bases de la malhadada modernidad pedagógica pre-Logse.

En aquel año de segunda legislatura socialista, los estudiantes tomaron las calles, también los profesores, y gritaron, corrieron y recibieron sus buenos palos de los grises tornados ya maderos. Allí surgió un mito triste, un punkie, casi un detritus del sistema, que ni siquiera era estudiante pero que se sumó a las manifas con aire ludita destrozando el mobiliario urbano que poblaba el Madrid postdictadura: el Cojo Manteca.

1987 fue el año de la Universidad. José María Maravall, ministro de aquel ramo, entonces Educación y Ciencia, con su segundo, un tal Alfredo Pérez Rubalcaba como Secretario de Estado, trataron de imponer unas reformas que dejaban los planes de estudios de Letras, concretamente los de Filología e Historia, en ruinas. Los títulos quedarían mermados en una reducción tipo salsa Perrins, con fuerte disminución de sus especializaciones. De rondón se sumaron a las reivindicaciones el problema de las tasas, el que se arrastraba de los últimos PNNs y de los interinos, y la petición de derogación de la LRU. Pero el meollo de la huelga eran la reforma de los planes de estudio. Por entonces ya se oía algo de unas nuevas titulaciones difusas, de maneras anglosajonizadas, por llegar, ─no eran un bulo, seis años después nos colocaron graciosamente aquel engendro de Licenciatura en Humanidades que se comió los títulos de Filosofía y Letras y que tanto costó desfacer─.

Como diría un buen irlandés, en Burgos hicimos nuestra parte. Y lo hicimos bien. En cuanto conocimos los borradores de los planes de estudio, los estudiantes de Historia y Filologías nos movilizamos y fuimos a la Huelga. A la huelga total.

Nuestra purísima ciudad aguantó la respiración. Las fuerzas vivas siempre miraron con desconfianza al archipiélago universitario, que por supuesto entendían rojo sanguíneo tirando a moscovita… La Caput Castellae encogió el tipo. Se le retrajo aún más la incircundada pinga. Vamos, que apretó el culo. ¿Íbamos a romper marquesinas, a quemar autobuses, a levantar barricadas? ¿Corrían riesgo los adoquines de las Huelgas?

Con el arranque del año hasta finales de abril, el CUI se convirtió en un centro de reflexión y lucha que hizo correr ríos de tinta a la prensa local…, sin poder echarnos en cara nada. Nuestras manifestaciones, que no podían ser masivas, se caracterizaron por ser un modelo de civismo, pero también de provocación. El Colegio Universitario se convirtió en nuestra fortaleza, en la que mantuvimos una huelga activa, llena de reflexiones, asambleas, debates…  Cada mañana paríamos ardorosamente el mundo, y cada tarde lo enterrábamos con profunda solemnidad. Discutíamos con el mismo arrojo que, si en vez de ser el campus relegado de la Universidad de Valladolid, aquello fuera la capital del reino, qué digo, fuera París, Berkeley o Bolonia. Y no estábamos solos, participaron habitualmente los profesores más jóvenes, los más preclaros o concernidos, quienes tenían sentido histórico e institucional de lo que vivíamos. Moli, estaba.  Fue en aquel trato nuevo y confuso, para él rescoldo y eco de otras luchas de veinte años atrás, que me pidió que le apeara del Ud. con que yo me dirigía a los profesores y le llamara así, Moli.

Nos encerramos. He de decir que sin tumultos ni sobresaltos orgiásticos. Tomamos la parte de dirección, único espacio con suelo de madera, lo que sin volverlo de especial amabilidad, hacía menos penitencia dormir con los sacos. Fue sorpresa, y no lo fue tanta, ver aparecer bien temprano varias mañanas, churros y chocolate en ristre, a quienes no siendo asiduos a los debates, sí mostraron honda preocupación por el despertar de las chicas de Filología: Nicolás Castrillo y José Luis Moreno…

Una tarde, un par de policías nacionales aparecieron en casa buscándome. A mi madre le dio un soponcio. Me llevaron directamente al despacho del comisario jefe. Sin compunción, pero con cierto acojono, entré en aquella oficina, que si en ese momento me pinchan, no sangro. Extrañamente, el comisario parecía tan nervioso como yo. Tras un par de rodeos, acabó felicitándome por cómo estábamos llevando a cabo las protestas. Me confesó que su hija estudiaba Filología en el CUI y que, personalmente, estaba de acuerdo con nuestras reivindicaciones. Cuando se lo conté a Moli esa tarde, dijo, “pues ya podía el muy cabrón habértelo dicho por teléfono en vez de hacerte llevar a la comisaría…”.

En enero de aquel 1987, Moli había conseguido que se desatascara un proyecto especialmente querido: un ciclo de conferencias sobre la crisis de la Universidad, de la mano de algunos de los filósofos más importantes del país. Problemas económicos, nada infrecuentes en nuestro periférico campus, habían ido retrasando su celebración que, finalmente, pudo comenzar a últimos de mes.

Sin comerlo ni beberlo, el ciclo pasó de ser un notable acto académico más, a convertirse en uno de esos raros momentos que quedan marcados a fuego en el recuerdo.

El programa tenía unos intervinientes para quitar el hipo. Arrancó el 30 de enero con Agustín García Calvo, que apareció aquel viernes sonriente, con su aire de cantante folk californiano, para hablar “De las relaciones entre saber y poder”. Justamente, con el nuevo mes, fue que se desató la susodicha huelga con toda su parafernalia de actividades, encierros, manifas, asambleas y demás comensalidad goliarda.

Cómo no, Moli quedó en permanente entusiasmo y zozobra por lo que hacíamos y por lo que él tenía entre manos. Porque, si estábamos en aquellas…, ¿quién iba a ir a las conferencias? Aquellos eran tiempos gloriosos en que los estudiantes asistíamos con devoción a los actos culturales. Para colmo, el programa fue sufriendo cambios. Hubo conferenciantes que fallaron, por ejemplo, en el primer plantel estaba previsto que interviniera Francisco Fernández Buey, que luego no vino y en su lugar lo hizo Carlos París. Otros cambiaron la fecha asignada…

No sé muy bien por qué, yo había acabado al frente de la huelga ─de ahí la visita de la policía─.  Aprendí a dirigirme a una asamblea, a plantear los términos de nuestras discusiones y negociaciones, a hacer aprobar acuerdos, también a deshacerlos y a rehacerlos. Cada vez que uno de los conferenciantes movía su charla de fecha, ─”que Lledó no puede este viernes”; “que Aranguren retrasa el viaje…”─, Moli llegaba descompuesto, pues siempre coincidía con alguna de nuestras manifestaciones por el centro de la ciudad. Y en cada ocasión tocaba volver a convocar nueva asamblea y con una excusa u otra, cambiar los acuerdos para dejar libre la hora de la charla, que siempre eran en la Casa de la Cultura. Todo pudo ser resuelto. Pero esto fue el asunto menor del ciclo, que de puertas afuera fue un éxito rotundo, con el salón de la Biblioteca Pública a rebosar.  El Diario de Burgos recogió en largas previas el aviso de las conferencias, con despliegue del currículum del orador, oportunamente redactado por Moli. Al día siguiente, una página resumía el contenido de la conferencia, con fotografía del protagonista. En el caso de la última, la de Aranguren, éste apareció en portada.

Decía que, hasta cierto punto, aquello fue el asunto menor ─la celebración de las conferencias en el centro de la ciudad─, porque Moli se encargó de Sorbonizar o Nanterrizar  nuestro encierro con aquel ciclo de los más importantes filósofos de entonces. Todos ellos hicieron doblete. Al acabar su conferencia, bien aquella tarde, bien a la mañana siguiente, se reunieron con nosotros, los estudiantes, en el CUI para comentar y hablar de la huelga, sobre la universidad, sobre el papel de nuestros saberes en la sociedad, de nuestro compromiso y esfuerzos.  Si nuestra huelga ya había tenido un desarrollo y quehacer singulares, un convencimiento de estar haciendo y participando en reivindicaciones y esfuerzos que no eran estériles, que entendíamos que tenían que ver con momentos que eran verdaderas encrucijadas en la historia de nuestra recuperada democracia, aquellas visitas filosóficas fueron para nosotros una inserción de espíritu lleno de pureza, de compromiso, de vínculo directo con las luchas que venían de décadas de oposición al franquismo más crudo, de la ensoñación sesentayochista, del París de Sartre…, del sueño de poder soñar.

1987 fue un año inolvidable. Aprendí lecciones imperecederas, sentí formar parte de un mundo que me esperaba, pude creer en la fuerza de la juventud, en la capacidad de hacer y, sí, soñar.

1987 fue, qué duda cabe, Moli.

Al curso siguiente, dimitió el ministro.



Juan José Molinero Martínez (1943-2023)

9/1/24

AL PAN, PAN

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 09/01/2024. Página 5. 

Llamar a las cosas por su nombre me ha producido no pocas incomprensiones a lo largo de mi vida. Nunca busqué ser hosco ni borde, pero sí claro, incluso exacto. Siempre me molestaron las medias tintas, los caraduras, el tente-mientras-cobro, los que no se mojan por si acaso, los oportunistas… Mi padre siempre decía “nadie te va a preguntar cuánto tiempo has empleado en hacerlo, solo si está bien o mal hecho”.

Durante muchos años he desempeñado cargos ejecutivos que me han permitido participar en los órganos de gobierno de la Universidad, verdaderamente, un privilegio. Lo he hecho desde la entrega máxima, desde la completa lealtad institucional, muchas veces en perjuicio de mis propios intereses ─jamás he sido un lameculos─. Generacionalmente, yo venía de la Transición, había conocido la sordidez viejuna, el cutre nacionalcatolicismo, el conservadurismo atroz que expulsaba a los jóvenes… Sabía que tener una Universidad era una oportunidad de oro para romper con lo peor de un pasado cainita y construir un mejor futuro, una sociedad más abierta, generosa, comprometida... Creo que el único que me entendía era el bueno de Fede Sanz.

Los intentos, nunca menores, de copar la Universidad, de conseguir rectores ideológicamente afines, de domeñarla y hacerla una institución decimonónica, ortodoxa, me parecían la gran traición, la trampa con la que acabar con los sueños de renovación y cambio. Lo último que necesita Burgos es, justamente, la alineación institucional al servicio de intereses espurios. La Universidad, la Pública, la que investiga e invierte en resultados exigentes, auténticos y contrastados, la que obliga a los estudiantes al trabajo real, riguroso y severo por encima de cualquier otra consideración happyflower, es la que impulsa bases sólidas para el conjunto de la sociedad. Por eso también me duele cuando dentro de la propia Institución se ignora, malbarata y prejuzga toda la labor, investigación y compromiso humanístico. Porque lo que las Humanidades producen tienen un alto grado de intangibilidad, de incontabilidad, y ahí entra todo lo que, cuando es auténtico y esforzado, reconocemos como lo que nos hace vibrar, conmovernos, solidarizarnos, comprometernos.

Empezamos el 2024 y deseo de todo corazón que desaparezcan los meapilas, los vendehúmos y salvapatrias, los que confunden cultura con hostelería, los que nos dicen que solo el pasado fue mejor. Y los que creen en la investigación deshumanizada y sometida a incontables procesos de calidad. ¡Salud!



11/5/23

Píldoras sobre la situación electoral en Burgos, 4.

Serie castañas pilongas

4ª pilonga:


 

Píldoras sobre la situación electoral en Burgos, 3.

Serie castañas pilongas.

3ª pilonga:


 

Píldoras sobre la situación electoral en Burgos, 2.

Serie castañas pilongas.

2ª pilonga:


 

Píldoras sobre la situación electoral en Burgos, 1.

Serie castañas pilongas.

1ª Pilonga: 




4/10/17

MATAR Y OCULTAR

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
Texto leído en el Teatro Clunia de Burgos, el 20/09/2017, en el Homenaje y presentación de resultados de las exhumaciones en Estépar.


1. Estépar, símbolo del horror.

Todas las ciudades y pueblos de España tienen una geografía del horror relacionada con la guerra civil de 1936, lugares de muerte y terror cuyos nombres condensan todo el sentido de inhumanidad, crueldad… y vergüenza histórica. En estos espacios, a pesar de las décadas transcurridas y del esfuerzo negacionista de la dictadura, parecen seguir escuchándose los últimos ecos de las detenciones y torturas, de los paseos vejatorios, del motor de los camiones asesinos, de las descargas de fusilería…
Estépar, como La Brújula, La Pedraja, Villamayor de los Montes… forman parte de la macabra lista de espacios vinculados al exterminio en Burgos. Un exterminio que, como sabemos hoy gracias al desarrollo de tantos estudios de ámbito local a lo largo y ancho de toda España, estaba diseñado con toda frialdad y voluntad.
La sublevación del 17 y 18 de julio de 1936 tuvo por objetivo inmediato acabar con los contrarios ideológicos, con todos aquellos que, desde el conservadurismo y clasismo más intolerante, desde el militarismo y fascismo, desde la Iglesia más integrista, eran vistos como una amenaza a sus privilegios y formas de vida. El frustrado golpe de Estado cumplió a rajatabla las directrices secretas del general Mola: la eliminación de todos los que habían mostrado militancia, compromiso o simpatía con ideologías de izquierdas, tanto a nivel político como sindical. Esos son quienes fueron inmediatamente detenidos en todos los pueblos y ciudades, torturados, paseados y sacados, asesinados, siempre bajo la meticulosa autoridad militar, especialmente, durante el terrible verano de 1936. La elección de aquellas personas no fue casual, ni se debió a rencillas entre vecinos. Fue una auténtica limpieza ideológica.
A poco que se analicen los datos, encontramos una perfecta organización logística de tipo militar que ha calculado sobre el mapa la distancia y tiempo necesarios para salir de madrugada del penal con las camionetas cargadas de personas, llegar hasta lugares relativamente remotos y escondidos, asesinar y enterrar a quienes llevaban presos, y volver a la ciudad antes de que amaneciera. Estépar, La Brújula, La Pedraja, Villamayor de los Montes… todos ellos se encuentran situados en un radio de +/- 30 km de distancia de la Prisión, lo que permitía llevar a cabo las tareas asesinas según el programa prefijado: matar y negar que aquello estuviera sucediendo. Matar y borrar los rastros documentales falsificando los expedientes carcelarios con supuestos traslados o puestas en libertad… Matar y ocultar.
Por la conjunción de datos recopilados, tanto de fuentes documentales como orales, sabemos que, previamente, solía desplazarse un retén del ejército a estas zonas apartadas para trazar las fosas que serían utilizadas más tarde. Así nos lo han relatado vecinos ancianos de la comarca que veían pasar los camiones a media tarde y cavar, para volver de nuevo de madrugada, cuando se levantaban los jornaleros para segar y acarrear el trigo. Entonces era cuando veían los fogonazos y oían los disparos asesinos. Así a lo largo de todo el mes de agosto y septiembre.
El ancho y largo regular de las fosas de Estépar, su ubicación y distribución, no fueron casuales sino fruto de una perfecta planificación militar.
El nombre de Estépar ha sido en Burgos el que expresaba de forma más rotunda el horror de la represión franquista, de la impotencia y terror de la población declarada “no afecta”. A pesar de la pretensión de los militares, la tarea de matar a miles de seres humanos no puede ser ejecutada sin dejar rastro. Las familias, los amigos, las comunidades sabían de la desaparición de estas personas, vivieron con horror el conocimiento de su repentina ausencia y precarización de sus vidas mientras experimentaban el desprecio e insolidaridad de muchos de sus vecinos y conocidos.
En Burgos se ha oído durante décadas frases como “el padre/abuelo de fulanito, está en Estépar”. Una frase simple, neutra, engañosa… que en el uso del presente verbal —ese “está”— congela y condensa toda la experiencia del horror, la violencia y la muerte desencadenada por los sublevados en 1936. Un “estar” inmutable, congelado, como si se tratara de una maldición mitológica, permanente. Y que, en parte se ha cumplido, pues aquella violencia y oprobios desatados en 1936 han durado, en muchos casos, hasta el presente. Estépar, destino de cientos de personas de la ciudad y de la provincia, ha sido en el caso de Burgos, el símbolo potente de aquella injusticia, de la carnicería más terrible y traumática que hemos vivido como sociedad. A través de frases como aquella se ha dicho todo: que era una familia bajo sospecha, que cuidado con estos, que no son de los nuestros… Muchas personas no solo sufrieron unas condiciones de vida injustas y terribles, sino además una sombra permanente que duró, al menos, lo que la dictadura.
A pesar de los esfuerzos hechos por el régimen franquista y sus convencidos seguidores, en la memoria colectiva burgalesa existe la convicción de que espacios como el de Estépar, acogen a los mejores de una época, a los miles de personas comprometidas en su tiempo con la reforma y modernización de su país —tantos alcaldes y concejales—, de las condiciones laborales —caso de los sindicalistas, de los miembros de las Casas del Pueblo—, comprometidos con el desarrollo cultural, la alfabetización y educación —tantos maestros y maestras, escritores, artistas, músicos, periodistas…—. Del nombre de Estépar emana un capital simbólico del país que pudo ser aquella España frustrada por la guerra, de los anhelos y deseos que hemos podido recuperar solo tras la muerte del dictador.


2. La condición de las víctimas.

Me gustaría llamar la atención, brevemente, sobre la condición de las víctimas, que no son únicamente aquellos que han sido exhumados, sino, especialmente, de sus familias.
En un país aún pendiente de encarar los legados y pervivencias de la dictadura, necesitado de una profunda desfranquistización, la condición de víctima para quienes sufrieron muerte, persecución y represión por parte del régimen, ha venido siendo injustamente negada y discutida.
Las familias afectadas por estas terribles pérdidas humanas, por la estigmatización de ser rojos, enemigos, perdedores de la guerra, encararon unas miserables condiciones de vida en sus comunidades y pueblos, en sus barrios. Sufrieron un fortísimo empobrecimiento con la eliminación de tantos cabeza de familia —sin certificados de defunción, con lo que las no-viudas no tenían capacidad para gestionar ningún bien a nombre de sus difuntos— ; situación de indefensión agravada por las multas, incautaciones y robos de sus propiedades; a lo que se sumó la limitación permanente de su supervivencia al ser declarados “no afectos”, o lo que es lo mismo, privados de apoyos o avales oficiales que les permitiera acceder a ciertos trabajos o destinos o mínimos beneficios.
Esto solo es, por así decirlo, la parte más superficial de su drama. Lo peor fue la negación completa de su desolación, prohibiéndoseles expresar su dolor —ni de luto podían vestir—, negándoseles cualquier consuelo simbólico y espiritual, la posibilidad de visitar los enterramientos, más todos los conflictos derivados de la inconclusión de ritos y cierres de duelos.
En razón de tales angustias y conflictos, muchas de estas gentes desaparecieron de sus comunidades, se desplazaron a otras ciudades buscando un mínimo alivio a sus condiciones de vida y a su pesar. Esa diáspora del sufrimiento complica a veces las exhumaciones de sitios como Estépar, donde puede resultar muy difícil localizar a algunas de estas familias…


3.- Un trabajo no solo para las familias, sino para la sociedad.

Tareas como las exhumaciones atienden, en primer lugar, al drama y sufrimiento de las familias de las víctimas, a quienes se trata de ayudar recuperando los restos para su reinhumación, a cerrar sus duelos y los conflictos que han arrastrado durante décadas. Pero no debemos equivocarnos, estas tareas son también una inversión social necesaria. A través del conocimiento de estas exhumaciones, de las biografías e historia de quienes fueron asesinados, de las condiciones de vida y dramas de las familias de los asesinados, nos vemos obligados como sociedad a encarar la fealdad y vergüenza de nuestra historia. Solo así podemos madurar como sociedad. Solo así podremos ser una auténtica comunidad integradora de todos. Solo así los perseguidos, los perdedores y derrotados volverán a estar entre nosotros, en nuestra memoria. Eso servirá para que valoremos lo que significa la libertad, el valor de la vida, el derecho a pensar como cada uno quiera, la importancia de reconocer y apreciar la diversidad y la diferencia, el auténtico sentido de la convivencia democrática.
Exhumar, recuperar la llamada memoria histórica, es un deber que tenemos como sociedad para construir la tan necesaria memoria democrática. Cuidar de las víctimas, acompañarlas y resolver sus conflictos es un deber de todos, de nuestras instituciones y ciudadanos. Este de hoy es un paso más en esa dirección, pero debe seguir siendo una exigencia ética y política. Con los actos de esta tarde en Estépar, en el monte y en el cementerio, se produce un cierre a medias de este problema, en algunos casos nada menor si sirve para que las familias concluyas sus duelos inconclusos. Pero esto no debe generar ningún tipo de olvido social. Los espacios de las fosas, los distintos lugares vinculados a la represión y horror vividos durante la guerra civil y el franquismo deben quedar como espacios públicos de memorización, como lugares de memoria, un patrimonio nacional que nos obligue a asumir nuestro compromiso y responsabilidad con un pasado todavía vivo entre nosotros. Solo así creceremos como sociedad comprometida con la libertad y los derechos humanos.
Esto debemos hacerlo de la mano de las víctimas, de sus familias, y del conocimiento fiel de lo sucedido. La sociedad sigue en deuda con todas las familias de los desaparecidos, asesinados y perseguidos por el franquismo. Les debemos la reparación de su sufrimiento, justicia por los crímenes, y el reconocimiento de su experiencia como recordatorio de lo suponen las políticas del odio y la intolerancia.

Muchas gracias.