07/07/2026
Me he dejado envolver por el mundial de fútbol como remedo de unas vacaciones
que no llegan y la necesidad de alejarme de una cotidianidad informativa fétida. Veo
los partidos que puedo y dejo que las ganas y tensiones, las pullas y las
jugadas admirables me vayan narcotizando. Pero ya se sabe cuánto dura la
alegría en la casa del pobre: la FIFA se empeña una y otra vez en desnudar su
indignidad, su escandalosa corrupción.
Traté de echar
al olvido el premio de la paz (noviembre 2025) para
satisfacción del ególatra Donald Trump. Infantino, rastrero, actuando como
bufón, o como un secretario general de la OTAN cualquiera. Seis meses después,
ya en la competición, los registros, maltratos y desprecios racistas de EE.UU.
con determinadas selecciones, con el árbitro somalí Omar Artan ―al que
impidieron su entrada―, las vergonzosas condiciones impuestas al equipo de Irán
―robo de partido incluido―, han sido bofetadas constantes. Que no se pudiera responder en español en las ruedas de prensa ¡siendo México uno de los coorganizadores!
Que un mundial
de fútbol es ante todo pasta, lo sabe el más tonto. Pero la gente quiere la
pasión, la entrega, la unión en torno a unos colores, mantener la ingenuidad de que el deporte une o es integrador (¡já!). Trump, incansable, volvió
a hozar sobre un deporte que no entiende y se atrevió a exigir, matonil, la
adulteración de una norma. Y el mierda de Infantino se lo permitió. La retirada
de la tarjeta roja a Folarin Bolagun ha sido un escándalo que nos devuelve a la
realidad de nuestro mundo. Fin del sueño, se afirma la metáfora: también el
fútbol está podrido. La derrota infligida por Bélgica a Estados Unidos, un
humillante 1-4, no repara el daño hecho. Pero la cosa no para ahí: las
lamentables pausas de hidratación publicitaria irritan por su ruptura del juego
y el afán recaudatorio. En este ambiente-tío-Gilito se entiende la irrupción de
la senadora paraguaya, Celeste Amarilla, para arremeter con saña clasista y
colonial contra Kylian Mbappé llamándole de todo menos guapo ―a ver porqué
Trump sí puede decir subnormalidades y ella no, procediendo del mismo molde―.
Mi hijo dice que Infantino tiene comprado todo para Argentina, o más bien
que lo ha hecho el hijo de diooshgp, amigo de Milei. Desde luego, el pedazo de
robo arbitral hecho a Egipto clama al cielo. Y la revisión de las actuaciones de los referees de sus partidos, repletas de tratos de favor, son escandalosas, por
no hablar del endiosamiento del pequeño gran hombre. Con los de la albiceleste
se cumple el saying que dice que el fútbol es un deporte
de caballeros jugado por bestias, visto cómo sacuden.
Todo se acaba y cae. He derrochado ilusión con los pequeños, los bravos
sostenedores de sueños colectivos. Y, claro, apoyando a muerte a España, que ha
sido una perfecta metáfora de la construcción de un equipo y de un país
apostando por sumar, por incluir, por reconocer, mal que les pese a
algunos. Nos queda una final para los anales, en la que se enfrentará el juego
europeo (nuestro tiki-taka de origen holandés: Cruyff), contra unos conjurados que van con el cuchillo
en la boca, como si no hubiera un mañana.
Como dice el míster: nosotros, a lo nuestro.
