9/6/26

ALEJANDRO

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 09/06/2026. Página 5.  

Inesperado, llega mientras estás instalado en la rutina, en la vida conducida a timbrazo del calendar, cuando acabas de descargar la compra y concedes un instante de piedad al malbaratado cuerpo que arrastras con una 0,0 que mil diablos se lleven… “Papá, ha salido la nota de la asignatura hueso: 8,55. Falta una más, pero está asegurada. Bueno, y la de las prácticas”. En la misma semana que acaba sus estudios con excelentes resultados, Alejandro consigue su primer trabajo a jornada completa, indefinido. El que él quería. Ha hecho un montón de entrevistas online y presenciales, respondiendo a lo previsible y a lo inconcebible, vadeándose entre posibilidades, contratos mediopensionistas e incógnitas. Todo lo ha buscado él, todo lo ha conseguido él. Y en este cierre tumultuoso de curso, ha sumado un viaje de trabajo al extranjero ―otro curro ocasional―, consciente de que se prepara para lanzarse a la vida con toda la previsión y ahorro que le es posible.

De pronto, veo a mi hijo como el hombre que deseaba ser, con la conciencia de estar donde quiere y debe porque ha echado el resto para ello. Atrás quedó la desilusión momentánea de la carrera, la desesperanza y pesimismo de su generación, la búsqueda de escusas... Ante mí un joven que ha abandonado la autojustificación estéril, las culpas ajenas ante el fracaso momentáneo, las blandenguerías que impiden madurar.

Inspiro entre el orgullo y un punto de nostalgia recordando mi propia salida al mundo, la desconfianza y roces con mi progenitor, las zozobras inevitables ante decisiones de calado. Se me aguan los ojos pensando en mi padre-cierzo, con quien tanto me costó entenderme y que luego sentí tan peculiarmente próximo y orgulloso de mí, aunque fuera a voces.

    Arrostrando sin temor el esfuerzo, la exigencia, los retos, los miedos y las angustias, mi hijo se ha hecho un hombre, de los de verdad. Mi pequeño, el que me tronzaría con un abrazo, el que me avejenta con su plenitud, aquel que arropaba en su cama, al que daba soporte y apoyo en sus deportes, en sus campamentos, en sus viajes de estudios, en sus ilusiones juveniles, se yergue hoy viril, pleno. Como diría Tororo, hecho un machote. Qué le deparará la vida, cuántos sinsabores y dificultades…, quién sabe. De lo que no cabe duda es que, en este momento, no hay nadie en el mundo más orgulloso y feliz que su padre. 





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