Universidad de Burgos. 13 de junio de 2024, 12:00 h.
14/6/24
(LAUDATIO DE LA) CEREMONIA DE DOCTORADO HONORIS CAUSA DE D. JOAN MANUEL SERRAT I TERESA
11/6/24
SE ACABÓ, SÍ...
DIARIO DE BURGOS, 11/06/2024. Página 5.
Europa se desdibuja como espacio de pensamiento cívico, de construcción política sensata, para dar paso al nuevo histerismo extremista. La contemplación de los resultados de este domingo mueve al puro desánimo. ¿Qué han votado los ciudadanos? ¿Vídeos estúpidos, la mayoría manipulados, con mensajes vergonzosos, con medias verdades o mentiras crasas? ¿Cómo es posible que los siglos de lucha contra la intolerancia eclesiástica, contra el absolutismo regio en demanda y lucha por la libertad de pensamiento, de expresión, por el voto de hombres y mujeres, haya dado paso a esta espectacular mierda, a esta pléyade de necedades?
Dirán que me pongo estupendo, pero, ¿cómo calificar a estos partidos que se mueven en realidades paralelas, que usan falsas imágenes, datos inventados para provocar reacciones viscerales, odios, inquinas, rechazos…? Evidentemente, esto brota cuando tenemos una sociedad preparada para este modelo de comunicación política, un proyecto en el que los partidos son, más que nunca, elementos tentaculares de corporaciones industriales que aglutinan los sectores de comunicación, sanidad, educación, ocio, consumo, energía y financiero. La conquista del Estado se produce a través de la desactivación del ciudadano, antaño un sujeto sociable, con su mundo de relaciones físicas, hoy un pobre diablo enganchado al móvil, con sus clicks intrascendentes, para el que chatear es su máxima expresión de una vida social… Un triste despojo al que le suena bien eso de “se acabó la fiesta” que le cuenta un engañabobos sin explicarle quién financia esas patrañas ni para qué. Así se conquista el Estado. Rotas las solidaridades y el activismo, es el momento de que la sanidad se privatice para amigos como Quirón; la educación privada crezca subvencionada y se aprueben sus cacauniversidades (como Planeta y otras mucho peores); que se entreguen nuestras calles a ese ocio hostelero y corporativo que lo explota para su beneficio, nunca el del ciudadano; ese consumo que lleva a privatizar, inexplicablemente, bienes básicos como el agua, siempre encareciéndola; o la energía, que amén de cara se despreocupa del deterioro medioambiental…
En fin, que no es cosa de ponerse ludita, o sí, pero asumamos que el aplauso acrítico de la tecnología traía una deshumanización ideológica, idiotizadora. El tonto medio pasa a imbécil, el tradicional, a cretino superior. Europa se asfixia a sí misma, y un montón de ingenieros preclaros aplauden el resultado.
3/6/24
LA SEÑORA DEL JEFE. JULIO PÉREZ CELADA
01/06/2024. Salón Rojo, Teatro Principal.
Buenas tardes, señoras y señores:
Hágase notar la
circunstancia primera de nuestro vivir y estar: la ciudad pequeña. O sea, el
espacio breve, alicorto, mediocre, emputecido. El suelo bendito. Quiere, desde antiguo,
el burgués distinguirse del rústico, y elabora argumentos sin cuento para que
se note un no sé qué de distinción, que parece que nos tira más eso de levantar
morro y hocico con petulancia, que otros regocijos menores y de fisiológico
acomodo. Lo hace hacia afuera, y aún es peor, hacia dentro. Querrá el regidor,
el corregidor y el obispo, el mercader y el canónigo, el escribano y el fiel de
fechos, el industrial y el comerciante, el maestro y el pasante ser un poco más
que algún desgraciado de más abajo, que el siervo, obrero, la criada, el
jornalero, la lavandera, la puta, el indigente, el borrachín sin techo. Así se
hacen desde antiguo las ciudades, cerradas con sus muros conteniendo templos e
infecciones, tabernas e inclusas, algunas industrias, molinos, batanes,
curtidurías, imprentas, librerías, burdeles y universidades, carnicerías,
tahonas, casonas y blasones, estandartes y apellidos, con las pobres hijas
bobas y almidonadas que se sortean en enlaces cada generación para sostén de la
microprosapia de quienes juegan a ser señores de la plaza. Un lugar cualquiera
del mundo. Digamos, Insigne grandeza, o Tierra sagrada.
Quiere la Fortuna que en
este Salón Rojo del viejo cogollo urbano, donde la más rancia y conservadora
sociedad burgense se refugiaba de todo aquello que le parecía chusma de ruanos
de vinos de mil padres, incluso de todo cotizante que tuviera sociedad o casino
con fritura y periódico engrillado, que se presente una novela que tiene ese
¡ay! de escándalo decimonónico y de murmullo de confesionario nacionalcatólico ahora
que, justamente tras mayo, vuelven las excomuniones.
El escribidor,
escribiente, autor, quién sabe si protagonista soñado, es D. Julio Pérez Celada,
Profesor Titular de Historia Medieval, de la Universidad de Burgos, gran
conocedor de los dominios monásticos bajomedievales y de aquellos culebreantes cluniacenses,
que lo mismo ponían patas arriba un reino, que impulsaban la peregrinación
hacia la tumba de un heresiarca, asumían el control de las fronteras con el
Islam o reformaban la explotación agrícola del momento.
El profesor Pérez Celada
cumple con el estereotipo de escritor a la romántica manera, que ya cansan los
happyflowers y abraza-nogales. Vistiéndose por los pies, se ha envuelto en
humos y espirituosidades absénticas como corresponde a un hijo de Poe, o de
Lovecraft, pero también de Mallarmé y Gil de Biedma. Pérez Celada es un
individuo cetrino y desajustado a su tiempo, no en vano discípulo de D. Julio
Valdeón. Seco como olmo grafioso, de afectos tasados, un mirar desangelado y
una mala hostia puntualmente restallante, son éstas virtudes que le adornan,
amén poseer una benigna maldad de pensamiento que es muy apreciada entre los
escasos colegas que trata. No rehúye el noble arte del despiece o
desmembramiento del necio, el descoyuntamiento del trepa, del inmerecido, del
lameculos y obsequioso, del huelebraguetas y presidente floridopensíl. Así se
gana un hombre, y se pierde un emboscado, lo que viene siendo un royalacademista.
Este carácter suyo austero, poco dado a la frivolidad, certero, de reflexión
peripatética, junto con su quehacer medieval podrían llevar al ignorante a
imaginarle embutido en un hábito monacal, de no ser porque, como a tantos
dedicados al noble arte de la cocción intelectual, sus ideas y proclamas le
presumen condenado, posiblemente enlistado en oscuros recetarios donde aparecen
los apartados, los exclaustrados, los que frecuentan lecturas prohibidas de
autores del Índice, de enemigos confesos de la única religión verdadera.
Sus intervenciones académicas, envueltas en la voz calma de un profesor engañosamente
benévolo, hipotenso, suelen ser joyas de inteligencia, cultismos que para sí
quisiera D. Luis de Góngora, finas ironías que le malquistarían con el más
revoltoso luciferino.
Ha practicado el verso,
que dicho así pareciera que estuvo en la cueva con Onán. Pero lo que a nosotros
importa ahora es que tales ejercicios le han supuesto un entrenamiento en la
orfebrería previa, y en una concisión distinta. Narrar, él lo señalará, le ha
exigido una energía nueva en el escribir, en la manera de contar. No es, pues,
a pesar de estar ante su primera novela, un autor estrictamente nuevo ─por ahí
andan sus varios libros de Historia y poesía, sus numerosos artículos
académicos─, pero sí es una voz en estreno, y un concepto de obra original.
Los múltiples sucesos y
personajes se encuentran en un territorio, la ciudad pequeña, esa que ha unido
su suerte a la de la dictadura y con ello a una absurda pretensión de no-tiempo
y ausencia de novedad. Pero Cronos no perdona. De hecho, La señora del jefe acaba
resultando una obra de empeño unamuniano, una nivola, pues a pesar de lo que
Pérez Celada cree, su obra lucha contra su propia concepción de círculo
maldito, de inmovilismo con un antihéroe, que finalmente, consigue negar la maldición
de agua mansa.
Felipe y Reinaldo, los
dos amigos que salen de ese vivero de formación de príncipes que es el colegio de
los jesuitas, son, a su vez, los vehículos de conocimiento de dos mundos
diferentes, de estratos en tenaz jerarquía que nos van mostrando el orden
social y sus posibilidades, sus proyecciones. A través de Reinaldo irrumpe el
novedoso mundo de la universidad, recién llegada a la ciudad pequeña como
campus periférico. Los aires universitarios suponen novedades, conciliábulos,
espacios de alta política-ficción. También un tipo de ocio y de modales, de
conexión con el resto del nódulo antifranquista estudiantil. Los universitarios
locales son un pedo al lado de los viejos luchadores, los supervivientes
derrotados de la Guerra. ¿Y cómo encajar todas las piezas de partidos y colores
provocadores PRT, ORT, PCPE, PCE, LCR, PSP, PSOE…? La izquierda era infinita en
sus grupúsculos y propuestas, en su cainismo. A pesar de los inevitables
desastres electorales que se preveían, aquel era un tiempo de claros anhelos de
cambio. Y de choques entre la realidad y el deseo.
Felipe, el verdadero
protagonista, es un muchacho lacónico. Nada en él parece prever un mínimo de
gloria. Su historia personal tiene las hechuras del mito, los mimbres del
origen mixto y bastardo del elegido. Pero ahí interviene el autor con crueldad.
La necesidad de Felipe de afirmarse ante el desprecio de su familia y entorno
no le permitirá ser héroe más que ante los ojos del lector cómplice. Su forma
de actuar, en ocasiones primaria, sin objetivos claros, hacen de él un
inconformista sin causa. Esta falta de motivación vital le pasean por la novela
como un mecánico personaje de Joyce, casi como un pasota, lo que abriría la posibilidad
de que esta, en vez de haberse intitulado “de la transición” pudiera haberlo
hecho como “novela de punkie”. Al menos hasta que aparece la señora del jefe.
Felipe es el conector de
espacios, de su mano conocemos los ámbitos de Reinaldo, los familiares, los
universitarios y los grupúsculos políticos. Y los suyos propios. Como
antihéroe, suspende su tiempo juvenil, de esperable formación universitaria,
como correspondía a un hijo de eso que llaman ahora clase aspiracional, para
volverse trabajador manual en una imprenta, lo que le asoma a un mundo de seres
a medio terminar, con maldades adaptativas, con el hijoputismo como principal
recurso de supervivencia. Entre esos prójimos competitivos en infelicidad,
Felipe encontrará algo más que un asidero, una razón de aguante y resistencia
en medio de la mayor nada: una jefa esplendorosa, lúbrica, desasosegante, una
mujer que entablará consigo misma su propia lucha, y que responde a la
maravilla nominativa de Milagros.
La ciudad actúa como
tercer gran personaje rabelaisiano. Por sus calles, torres, tiendecillas,
escaleras, bares, rincones y plazas desfilan personajes y ambientes que no
precisan extensos párrafos. Son un abanico de anónimos que conforman el tapiz
urbano. Alguno abre repentinamente la gabardina y muestra sus maravillas, una
historia inesperada. Pocos son lo que se espera. Abundan las gentes
excretables, miserables faltos de humanidad, de empatía, sujetos lisiados en
sus afectos, que han crecido sobre la explotación ajena, listos para hacer el
mal. Nacionalcatólicos de sucia catadura. Lo mejor de cada casa.
Toda la novela idea un tiempo
en fuga. Todo está en un equilibrio inestable. Arranca con la agonía y muerte
de una dictadura particularmente insana que, como todo régimen de vocación
totalitaria, se quiere eterno, sobre bases inmarcesibles, no en vano se han impuesto
a punta de fusil. Sin embargo, la muerte del viejo general señala el ocaso del
tiempo prebendario. Es un tiempo de salida.
La Transición, como los
mitos, es un tiempo fuera del tiempo. Y es un tiempo generacional.
Su propia denominación indica su carácter de conexión transformadora, de
periodo de alivio entre un luto y un renacer con apellidos y documentación. La
transición es una juventud que parece haber quedado a medio digerir para la
Historia, pero, ante todo, es un puro tiempo de mocedad, tiempo propio de
confusiones, de brotes y atracones, de probanza, de rapto, de excesos, de
berrea…
Uno de los grandes
placeres de La señora del jefe es, justamente, ver cómo, a medida que
avanza una historia que nadie intuía, una historia de imposible previsión en la
lectura de sus primeros capítulos, la trama en torno al deseo, el sexo y el
desastre se van tejiendo con un encadenamiento que arrastra al lector a una
lectura voraz, en la que irrumpe el humor descarnado y el toque sicalíptico que
demanda continuar febrilmente con la lectura para saber más de las agitaciones
de Felipe, de las maldades de Sérvula y Servanda, de las aflicciones de doña Milagros.
Doña Milagros… Ha nacido un mito erótico. Una rotundidad castellana. Un sueño
para manoplistas del que no puedo decir nada, pues a la novela me remito y
habrán de acudir a ella.
[Fotografía: Tomás Alonso. Fuente: https://www.elcorreodeburgos.com/cultura/240531/196981/novela-gamberra-politica-erotica-sobre-transicion-espanola.html ]
28/5/24
SÍ AL ESTADO PALESTINO
DIARIO DE BURGOS, 28/05/2024. Página 5.
El estado de Israel se ha convertido en una vergüenza para el mundo, en el epítome del Mal. Nada, ni el más vil ataque que haya hecho Hamás justifica el exterminio genocida que Israel está practicando sobre el pueblo Palestino.
La historia
del conflicto palestino-israelí no es sencilla en cuanto a las sumas de
sufrimientos que se solapan ─migraciones de quienes huían de pogromos y
persecuciones en sus estados originarios, más tarde de la propia Solución final
nazi─, entremezcladas con sueños de fundamentación nacionalista ─el sionismo─,
que les conducen a un territorio-sueño sobre el que no tenían derecho alguno,
no más, desde luego, que aquellos que llevaban siglos, generación tras
generación viviendo allí. Luego, las guerras con los estados vecinos, la
ocupación de territorios, el incumplimiento de las resoluciones de la ONU, la
subalternización y explotación, la violencia terrorista, el apartheid… Una
larga historia llena de privaciones, campos de refugiados, pobreza, ausencia de
horizontes, extorsión, hambre, enfermedades, robo de la tierra, a un lado;
ultradesarrollo, hiperconsumismo, comodidades, bienestar, alta tecnología y
total compadreo con el primer mundo, del otro.
El actual
gobierno israelí, con su primer ministro a la cabeza, ha decidido que es el
momento del exterminio. Los brutales atentados de Hamás han dado paso a una
respuesta bélica que conlleva una voluntad genocida. Los ataques del ejército
israelí contra la población palestina han supuesto el arrasamiento de
hospitales, escuelas, campos de refugiados, la aniquilación de las
infraestructuras para volverlo todo inhabitable. No han dejado nada. Apenas han
permitido el paso de alguna ayuda humanitaria; destruyen las cargas de los
camiones con alimentos, con medicinas. Nada que permita la vida.
Israel no es
una democracia, sino una teocracia envalentonada que esgrime un derecho divino
y se dice pueblo elegido. El resto, exterminable. Como muestran los soldados y
colonos en sus vídeos, las víctimas, los palestinos, son risibles, humillables,
goyim. Las manifestaciones de sus dirigentes amenazando a España por
querer reconocer el Estado Palestino, con invocaciones a la Inquisición,
muestran qué tipo de exaltación fanático-religiosa y doble moral opera en sus
mentes para legitimar su violencia de hoy...
No es más que
un gesto, pero en estos tiempos de miserables liberticidas, de líderes
conservadores blanqueando vilmente el fascismo mussoliniano, de tanta bajeza
moral y mediocridad, pocas cosas podemos hacer más dignas y moralmente más necesarias
que reconocer el Estado Palestino como solidaridad con su pueblo inocente.
17/5/24
DESPERTANDO A LA VIDA... EN RECUERDO DE JUAN JOSÉ MOLINERO, MOLI.
16/025/2024. Refectorio de la Universidad de Burgos.
Mi intervención aquí hoy se
debe más a la conocida generosidad de Inés que a ninguna razón de peso
esgrimible, fuera del afecto y respeto que tributo a la memoria de quien fuera
mi profesor. Durante años, Inés ha sido responsable de un invisible hilo de
saludos y recuerdos entre dos personas que, una vez terminadas las clases,
nunca más se volvieron a ver.
Juan José Molinero Martínez fue mi profesor de
Historia de la Filosofía en el curso 1986/1987. En puridad, una estela fugaz en
la vida de un estudiante de Historias, como decíamos entonces.
De primeras, para los
estudiantes, él era “el filósofo”, lo que para los de la bancada popular se
ajustaba a su mirar pausado y clemente, a su mano tan temblorosa como solían ser
sus frases mientras mesaba las barbas, sosteniendo con la otra un cigarrillo
─que entonces en clase se fumaba─. Así empezó el curso, 2º de carrera, que era
cuando uno se sacudía la mugre bachilleril ─en mi caso, postjesuítica─, y, con
suerte, empezaba a mojar… Moli se acomodaba a nuestra demanda de mundo y
aliento. Un tipo que parecía caminar del brazo de Georges Brassens y Paco
Ibáñez, y que Moustaki le hubiera prestado la trenca. Un sujeto de un primer
pasar sordo que, junto a la frescura insolente de Inés, la apostura colonial de
personaje de Agatha Christie de Ángel Esparza, los amaneramientos de Hermida
vaticano de Luis Martínez, de incomprendido Champollion bien macerado de
Adriano Gutiérrez, o de la minuciosa curiosidad pretecnológica de Federico Sanz,
ya entonces padre de la patria, hicieron otro el tiempo y nuestra vida en el
CUI de Burgos.
1987 fue un hito más en
la historia de las huelgas universitarias españolas (como 1913, 1915, 1949, 1965,
1968, 1969, 1972, 1976, 1977… ¡cómo nos gusta el autoerotismo a los
universitarios!). Pero, seamos justos, 1987 vino precedido por un 1986 que fue
el de las huelgas salvajes en las enseñanzas medias, con el asentamiento de las
bases de la malhadada modernidad pedagógica pre-Logse.
En aquel año de segunda
legislatura socialista, los estudiantes tomaron las calles, también los
profesores, y gritaron, corrieron y recibieron sus buenos palos de los grises
tornados ya maderos. Allí surgió un mito triste, un punkie, casi un detritus
del sistema, que ni siquiera era estudiante pero que se sumó a las manifas con
aire ludita destrozando el mobiliario urbano que poblaba el Madrid
postdictadura: el Cojo Manteca.
1987 fue el año de la
Universidad. José María Maravall, ministro de aquel ramo, entonces Educación y
Ciencia, con su segundo, un tal Alfredo Pérez Rubalcaba como Secretario de
Estado, trataron de imponer unas reformas que dejaban los planes de estudios de
Letras, concretamente los de Filología e Historia, en ruinas. Los títulos
quedarían mermados en una reducción tipo salsa Perrins, con fuerte disminución
de sus especializaciones. De rondón se sumaron a las reivindicaciones el
problema de las tasas, el que se arrastraba de los últimos PNNs y de los
interinos, y la petición de derogación de la LRU. Pero el meollo de la huelga
eran la reforma de los planes de estudio. Por entonces ya se oía algo de unas
nuevas titulaciones difusas, de maneras anglosajonizadas, por llegar, ─no eran
un bulo, seis años después nos colocaron graciosamente aquel engendro de
Licenciatura en Humanidades que se comió los títulos de Filosofía y Letras y
que tanto costó desfacer─.
Como diría un buen
irlandés, en Burgos hicimos nuestra parte. Y lo hicimos bien. En cuanto
conocimos los borradores de los planes de estudio, los estudiantes de Historia
y Filologías nos movilizamos y fuimos a la Huelga. A la huelga total.
Nuestra purísima ciudad
aguantó la respiración. Las fuerzas vivas siempre miraron con desconfianza al
archipiélago universitario, que por supuesto entendían rojo sanguíneo tirando a
moscovita… La Caput Castellae encogió el tipo. Se le retrajo aún más la
incircundada pinga. Vamos, que apretó el culo. ¿Íbamos a romper marquesinas, a
quemar autobuses, a levantar barricadas? ¿Corrían riesgo los adoquines de las
Huelgas?
Con el arranque del año
hasta finales de abril, el CUI se convirtió en un centro de reflexión y lucha
que hizo correr ríos de tinta a la prensa local…, sin poder echarnos en cara
nada. Nuestras manifestaciones, que no podían ser masivas, se caracterizaron
por ser un modelo de civismo, pero también de provocación. El Colegio
Universitario se convirtió en nuestra fortaleza, en la que mantuvimos una
huelga activa, llena de reflexiones, asambleas, debates… Cada mañana paríamos ardorosamente el mundo,
y cada tarde lo enterrábamos con profunda solemnidad. Discutíamos con el mismo arrojo
que, si en vez de ser el campus relegado de la Universidad de Valladolid,
aquello fuera la capital del reino, qué digo, fuera París, Berkeley o Bolonia.
Y no estábamos solos, participaron habitualmente los profesores más jóvenes,
los más preclaros o concernidos, quienes tenían sentido histórico e
institucional de lo que vivíamos. Moli, estaba.
Fue en aquel trato nuevo y confuso, para él rescoldo y eco de otras
luchas de veinte años atrás, que me pidió que le apeara del Ud. con que yo me
dirigía a los profesores y le llamara así, Moli.
Nos encerramos. He de
decir que sin tumultos ni sobresaltos orgiásticos. Tomamos la parte de
dirección, único espacio con suelo de madera, lo que sin volverlo de especial
amabilidad, hacía menos penitencia dormir con los sacos. Fue sorpresa, y no lo
fue tanta, ver aparecer bien temprano varias mañanas, churros y chocolate en
ristre, a quienes no siendo asiduos a los debates, sí mostraron honda
preocupación por el despertar de las chicas de Filología: Nicolás Castrillo y
José Luis Moreno…
Una tarde, un par de policías
nacionales aparecieron en casa buscándome. A mi madre le dio un soponcio. Me
llevaron directamente al despacho del comisario jefe. Sin compunción, pero con
cierto acojono, entré en aquella oficina, que si en ese momento me pinchan, no
sangro. Extrañamente, el comisario parecía tan nervioso como yo. Tras un par de
rodeos, acabó felicitándome por cómo estábamos llevando a cabo las protestas.
Me confesó que su hija estudiaba Filología en el CUI y que, personalmente,
estaba de acuerdo con nuestras reivindicaciones. Cuando se lo conté a Moli esa
tarde, dijo, “pues ya podía el muy cabrón habértelo dicho por teléfono en vez
de hacerte llevar a la comisaría…”.
En enero de aquel 1987,
Moli había conseguido que se desatascara un proyecto especialmente querido: un
ciclo de conferencias sobre la crisis de la Universidad, de la mano de algunos
de los filósofos más importantes del país. Problemas económicos, nada infrecuentes
en nuestro periférico campus, habían ido retrasando su celebración que,
finalmente, pudo comenzar a últimos de mes.
Sin comerlo ni beberlo,
el ciclo pasó de ser un notable acto académico más, a convertirse en uno de
esos raros momentos que quedan marcados a fuego en el recuerdo.
El programa tenía unos
intervinientes para quitar el hipo. Arrancó el 30 de enero con Agustín García
Calvo, que apareció aquel viernes sonriente, con su aire de cantante folk
californiano, para hablar “De las relaciones entre saber y poder”. Justamente, con
el nuevo mes, fue que se desató la susodicha huelga con toda su parafernalia de
actividades, encierros, manifas, asambleas y demás comensalidad goliarda.
Cómo no, Moli quedó en
permanente entusiasmo y zozobra por lo que hacíamos y por lo que él tenía entre
manos. Porque, si estábamos en aquellas…, ¿quién iba a ir a las conferencias? Aquellos
eran tiempos gloriosos en que los estudiantes asistíamos con devoción a los
actos culturales. Para colmo, el programa fue sufriendo cambios. Hubo
conferenciantes que fallaron, por ejemplo, en el primer plantel estaba previsto
que interviniera Francisco Fernández Buey, que luego no vino y en su lugar lo
hizo Carlos París. Otros cambiaron la fecha asignada…
No sé muy bien por qué, yo
había acabado al frente de la huelga ─de ahí la visita de la policía─. Aprendí a dirigirme a una asamblea, a
plantear los términos de nuestras discusiones y negociaciones, a hacer aprobar
acuerdos, también a deshacerlos y a rehacerlos. Cada vez que uno de los
conferenciantes movía su charla de fecha, ─”que Lledó no puede este viernes”;
“que Aranguren retrasa el viaje…”─, Moli llegaba descompuesto, pues siempre
coincidía con alguna de nuestras manifestaciones por el centro de la ciudad. Y
en cada ocasión tocaba volver a convocar nueva asamblea y con una excusa u
otra, cambiar los acuerdos para dejar libre la hora de la charla, que siempre
eran en la Casa de la Cultura. Todo pudo ser resuelto. Pero esto fue el asunto
menor del ciclo, que de puertas afuera fue un éxito rotundo, con el salón de la
Biblioteca Pública a rebosar. El Diario
de Burgos recogió en largas previas el aviso de las conferencias, con
despliegue del currículum del orador, oportunamente redactado por Moli. Al día
siguiente, una página resumía el contenido de la conferencia, con fotografía
del protagonista. En el caso de la última, la de Aranguren, éste apareció en
portada.
Decía que, hasta cierto
punto, aquello fue el asunto menor ─la celebración de las conferencias en el
centro de la ciudad─, porque Moli se encargó de Sorbonizar o Nanterrizar nuestro encierro con aquel ciclo de los más
importantes filósofos de entonces. Todos ellos hicieron doblete. Al acabar su
conferencia, bien aquella tarde, bien a la mañana siguiente, se reunieron con
nosotros, los estudiantes, en el CUI para comentar y hablar de la huelga, sobre
la universidad, sobre el papel de nuestros saberes en la sociedad, de nuestro
compromiso y esfuerzos. Si nuestra
huelga ya había tenido un desarrollo y quehacer singulares, un convencimiento
de estar haciendo y participando en reivindicaciones y esfuerzos que no eran
estériles, que entendíamos que tenían que ver con momentos que eran verdaderas
encrucijadas en la historia de nuestra recuperada democracia, aquellas visitas
filosóficas fueron para nosotros una inserción de espíritu lleno de pureza, de compromiso,
de vínculo directo con las luchas que venían de décadas de oposición al
franquismo más crudo, de la ensoñación sesentayochista, del París de Sartre…,
del sueño de poder soñar.
1987 fue un año
inolvidable. Aprendí lecciones imperecederas, sentí formar parte de un mundo
que me esperaba, pude creer en la fuerza de la juventud, en la capacidad de
hacer y, sí, soñar.
1987 fue, qué duda cabe,
Moli.
Al curso siguiente,
dimitió el ministro.
14/5/24
PUES SÍ, LA AMNISTÍA
DIARIO DE BURGOS, 13/05/2024. Página 5.
Después de
tanta sobredosis de máquina del fango, ver a Salvador Illa ganar las elecciones
con serenidad de James Stewart, no solo conforta, es que a uno le alegra el
alma. Necesitamos ese trato de confianza en el votante, en la capacidad de
reflexión del ciudadano, hartos ya de ser jaleados como mulas cascabeleras. Cataluña
es espacio complejo al que las muchas ignorancias y agitaciones complican permanentemente
su gestión.
Los resultados
electorales no son concluyentes, pero de lo constatado hay noticias con las que
todo periódico que se precie debería haber abierto a cinco columnas, como: el
independentismo derrotado en las urnas. Y, ocupando la mitad inferior de la portada,
otro titular de igual tamaño: el presidente Sánchez tenía razón.
La política en
democracia es un arte de mediaciones y gestión para la mejora de las
condiciones de vida de los ciudadanos. Un servicio de resolución de conflictos
y desigualdades, de promoción de la justicia… El buen político construye sobre
estas bases en tiempos de bonanza para su proyecto, y ajusta cuanto puede a
tales principios lo que llega por la vía de la necesidad o la imposición
externa. Hacer política no es meramente desear, hay que tener la valentía de
saber ver en la concesión, en la generosidad, incluso en la incomodidad de
aceptar posturas ajenas rayanas en la indecencia, oportunidades para el
encuentro, la desinflamación, la rotura de diques de agravios… El presidente
del Gobierno tuvo el sapo de tener que negociar con Puigdemont su investidura
─incomodidad que le agradecemos todos los que no queremos un gobierno
neoliberal en lo económico y ultraderechista en lo cultural y social─, y vio en
la carencia una oportunidad para acercar Cataluña al ser común de España. Esta
decisión ingrata, la de la amnistía, como en su momento la de los indultos, se
ha revelado la mejor forma de coser España, frente a lo que dice el grupúsculo
de energúmenos fascistoides y desinformados que acosan cada tarde la sede del
PSOE injustificadamente.
Se puede vivir
del odio o hacer política para los ciudadanos. Nada hay más parecido que el
sionismo exaltado de Junts y el del PP-Ayusismo, dos perfectas máquinas de retroalimentación
procesista a través del rencor y la deslealtad, con idénticas estrategias de
desbordante clasismo y con sendos aliados ultras xenófobos.
30/4/24
CONTRAFACTUM
DIARIO DE BURGOS, 30/04/2024. Página 5.
En cuanto se
supo que Pedro Sánchez se iba, el empresario Stanislás Turrea dio orden de que
las sirenas de la fábrica sonaran alborozadamente durante diez minutos. Hubo
quien corrió a los refugios antiaéreos y quien acabó en el hospital con tremenda
otitis. Se acabó el Perro. Bien está lo que bien acaba. La marcha le ha costado
un pico en cheques a KO News, La Razor, The Subjective y El
Confesor, pero está contento. Él ha hecho su parte.
A las 12:21, tres.radio
Bierzo pinchó la contraseña acordada, “Como un vagabundo”, de Bertín
Osborne. Fue oírse el “Buenas noches señora, buenas noches señora, hasta la
vista” y lanzar las jumentudes fascistoides de Ponferrada un seat 127 lleno de
garrafas de orujo con su trapo embocado ardiendo contra la sede del Partido
Socialista.
Pasadas las
15:17 h., mientras el jefe de la Oposición amputaba con saña unos centollos en Combarro’s,
Sovago Fangal irrumpía en la casa-cuartel de Sant Martí de Llémena, patria
chica del fugado Puchcerrete. Sovago se identificó ante el cabo Descargamaría y
el número Filabres, y al grito de ¡A la rapa del indepe!, incitó a los
beneméritos a que le escoltaran para capturar al expresident que, señaló, se
escondía en la comarca de La Selva.
A las 17:30
h., la presidenta de la federación madrileña de hostelería, Massiel Gáladriel
Contuso, se personó en la marisquería acompañada de una legión de seguidores,
todos con camiseta de Mahu extralúpulo. La legión, compuesta por diez cohortes
de seis centurias cada una, rodeó el figón en el que brindaba el amado líder,
que fue sacado a hombros y, una vez en la calle, desmembrado con el concurso de
cuatro espectaculares ejemplares de hispano bretón traídos del Valle de
Valdebezana. La orgía de libertad sanguínea se extendió hasta la media noche,
momento en que un retén de los servicios privatizados de basuras limpió la zona
con agua a presión.
Se acabó la
dictadura, declaró el nuevo vicepresidente del Gobierno, Miguel Ángel Marínez,
a las 7:15 h., ya 30 de abril. En España empieza de nuevo a amanecer.
16/4/24
UN HONOR ENRARECIDO
IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
eldiario.es 14/04/2024
https://www.eldiario.es/castilla-y-leon/opinion/honor-enrarecido_129_11288328.html
- El empresario José Ignacio Nicolás Correa, a seis días de ser investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Burgos, presenta un libro que justifica el golpe de Estado de julio de 1936 y avala las leyes de Concordia promovidas por Vox.
No habría querido escribir este texto por implicar una crítica pública a cierta decisión de mi Universidad, lo que no me hace feliz. Cualquiera que me conozca mínimamente sabe cuán implicado he estado siempre en la defensa de los intereses, mejora, crecimiento y proyección de la Universidad de Burgos, pero por coherencia con esa misma preocupación y dedicación de gestión y, sobre todo, por mi especialización científica a la Antropología Social e Historia Cultural, con particular atención al estudio de la Memoria e Historia del siglo XX, siento la obligación de redactar estas líneas.
El asunto de conflicto gira en torno al Doctorado Honoris Causa concedido al empresario José Ignacio Nicolás Correa.
El reglamento de honores y distinciones (art. 4), así como los estatutos de la Universidad (art. 14), señalan: “El Doctorado Honoris Causa tiene la consideración de suprema dignidad académica concedida a personas físicas que se hayan distinguido por su decisiva contribución en el ámbito científico, cultural, artístico y técnico, así como por sus sobresalientes aportaciones a la sociedad”.
Las razones para su concesión, como se ven, pueden ser varias, y podría entender que el empresario beneficiado haya contribuido ─así ha sido─ al desarrollo de diversas tareas formativas y de prácticas estudiantiles en el ámbito de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Tan loable colaboración, sin embargo, cuesta entenderse que sea merecedora de nuestra “suprema dignidad académica” ─a ver qué empresario, de los muchos que contribuyen y cooperan con la UBU, no se va a sentir a partir de ahora con derecho a idéntico reconocimiento─. Nadie habría puesto pega alguna a que recibiera la Medalla de la Universidad de Burgos, o la Placa de la Universidad, otras honrosísimas distinciones que parecían ajustarse mejor al perfil del laborioso empresario.
Pero el Doctorado Honoris Causa no es una mera condecoración o un título de ringorrango, sino una dignidad académica, y por regla general, esto supone el reconocimiento a la excelencia adquirida en un campo del saber. Se me dirá que el Sr. Nicolás lo recibirá en el ámbito empresarial, ─todo sea dicho, tras un proceloso proceso de gestión de la propuesta, galimatías de orden rajoniano que podría llevar a la revisión del cumplimiento del artículo 6 del reglamento similar a la cita presidencial de “todo es falso, salvo alguna cosa”─. Pero, pero, sí, pero, ha sido el Sr. Nicolás Correa quien se ha empeñado en hacernos saber a todos, a la ciudadanía y a la comunidad académica, que por su parte, a la vez que se le reconoce su valía empresarial, él no puede sino dejar claro su profundo desprecio por las Humanidades académicas, concretamente, por la Historia.
La Universidad, para el Sr. Nicolás Correa, no es un ámbito científico, de trabajo concienzudo, analítico, sino un ámbito de sospecha y desconfianza. Así, él, un completo outsider en lo que a historiografía se refiere, sin formación específica, viene completamente ensoberbecido a enmendar todo lo avanzado en los últimos sesenta años en el campo de la Historia Contemporánea. Lo hace como altavoz del más rancio revisionismo histórico, que propala falsedades y medias verdades sin cuento, mostrando así cuánto desconoce de este complejo campo, cuán falto está de preparación para entender lo delicado y trabajoso que es el análisis del pasado, cuánto ha de conocerse de los contextos de época, del desarrollo del pensamiento, de los movimientos sociopolíticos internacionales, de las coyunturas económicas globales y de la distinción de necesidades, motivaciones e impulsos según las clases y sectores sociales, y aún de los individuos.
Posiblemente, el mal que atenaza al Sr. Nicolás tiene que ver con la extrema confusión que domina en el ámbito del ultraconservadurismo con sus resistencias a asumir la importancia de la Memoria Democrática, del propio valor de las víctimas reconocidas bajo la expresión de Memoria Histórica y de la confusión posmoderna que embrolla y magnifica el valor del recuerdo y la emoción con el sentido colectivo de la Historia, y su valor ético.
Esta misma semana, José Ignacio Nicolás Correa ha presentado a bombo y platillo en Madrid un libro que recoge lo que, en un centro privado y confesional, el CEU, le han admitido como tesis doctoral. En este acto, hecho al amparo de una fundación ultraderechista y con el concurso de un director de un medio de comunicación de idéntica orientación, ha pretendido sentar cátedra sobre historia española a unos días de ser investido Doctor Honoris Causa en Burgos. Allí se ha despachado con una sarta de barbaridades ─perdóneseme el vulgarismo, no encuentro otro epíteto más acorde─ como que la II República fue un régimen de advenimiento ilegal o que las elecciones de febrero de 1936 estuvieron amañadas. Esto solo se puede decir desde la más pura ignorancia, el desconocimiento profundo de una época, del propio análisis histórico, amén de un profundo afán tergiversador de lo que fue la España de los años treinta y la Europa de entreguerras. Por supuesto, tales revelaciones no podían sino concluir en que “el Alzamiento del 18 de julio estuvo justificado”, tal y como nos cuenta la reseña de prensa del acto. Así, la Segunda República ─y no los militares sublevados─ fue culpable del propio golpe. En fin.
Confundir el modelo institucional, las estructuras y funcionamiento de un régimen democrático y garantista como el de la II República con la actuación de determinadas facciones y grupúsculos políticos a estas alturas del siglo XXI, es un acto de mala fe. Como sabemos de la capacidad de información para el mercado global de la máquina herramienta del empresario, está claro que la ignorancia que mantiene sobre el conocimiento académico de la historia del siglo XX no puede ser sino un acto consciente. O más llanamente, de fe, de concebir que se trata de elegir bando, que la historia es cosa de ideologías y revelaciones. De recuperar la versión de la inmisericorde victoria de quienes ganaron la Guerra Civil. A esto le llamamos 'revisionismo histórico' un tanto inexactamente, lo más propio es decirle 'neofranquismo', pues trata de recuperar como justificaciones históricas aquellas esgrimidas por los propagandistas de la dictadura para paliar su falta de legitimidad, su origen golpista.
Por lo demás, el acto de presentación del libro terminó con una referencia positiva a las derivas anticientíficas y antidemocráticas de los proyectos normativos de konkordia de Aragón, Valencia y Castilla y León promovidos por los gobiernos autonómicos de Vox/PP.
Uno entiende que todos somos hijos de nuestras circunstancias, y que a nuestro empresario, como a tantos otros, le duele una particular España a partir de su propia historia personal, de su cúmulo de recuerdos, emociones y percepciones. Pero eso no es Historia. Y desde ahí es imposible hacer Historia. Es respetable que cada uno tenga sus opiniones y que comprenda el pasado desde la pequeñez y el vaho de lo particular, pero cuando se pretende hacer de la visión intolerante, antidemocrática y pro-violencia categoría general, despreciadora de cualquier otra, particularmente de aquellas sostenidas académicamente desde la especialización y el cultivo del rigor metodológico, acceso a fuentes primarias y la articulación de perspectivas comparadas, entonces tenemos un grave problema, máxime ante la concesión de un alta distinción universitaria.
Una de las máximas acádemicas, puede que para sorpresa de ajenos, es justamente la humildad interdisciplinar. A mayor especialización, mayor constatación de cuánto nos queda por saber, de la inmensidad de conocimientos por alcanzar. Los académicos somos muy cuidadosos de meternos en jardines ajenos, en otros campos ─o campos de otros─, por más que estemos más o menos informados o leídos, porque cada una de nuestras disciplinas son áreas llenas de esforzados trabajadores que dedican sus vidas al conocimiento y avance de su respectivos saberes. Por eso es tan bonito en la Academia ver el trabajo reconocido, compensada tanta, tanta dedicación.
El Sr. Nicolás Correa podía haber tenido un Doctorado Honoris Causa que, con mayor o menor merecimiento, hubiera pasado con cierta discreción pública y relativa satisfacción personal a su quehacer industrial, pero ha preferido darle su particular y jactancioso sello antiacadémico. Podía haber elegido formar parte de uno de los colores que distinguen nuestras vestimentas por campos del saber, en vez de pretender para sí un arcoíris sobre la base de creerse un Leonardo paradójico a partir de despreciar las Humanidades, el ejercicio de la profesión de Historiador y una no muy honrosa vitola antidemocrática. Para lo bueno y para lo malo, como señala Cervantes, uno es hijo de sus obras, o también, de sus elecciones. Quienes analicen este momento dentro de unos años, comprenderán perfectamente que todo lo descrito arriba se produjo en un contexto determinado, de fuerte impulso iliberal, con claras tomas de partido, como así se encargaron de recordar sus mantenedores en la conclusión del acto de presentación del libro tan desafortunado como desajustado.
Los académicos solemos reconocernos en la máxima de Publio Terencio Africano Homo sum, humani nihil a me alienum puto, que tanto sirve para señalar la inagotable capacidad para sorprender del ser humano, como para sentirnos concernidos por todas y cada una de sus emociones, valores, desaciertos y miserias
Ignacio Fernández de Mata es profesor titular de Antropología Social y Director de la Cátedra de Memoria Histórica y Democrática Eduardo de Ontañón, de la Universidad de Burgos.
https://www.eldiario.es/castilla-y-leon/opinion/honor-enrarecido_129_11288328.html
PRO PATRIA MORI
DIARIO DE BURGOS, 16/04/2024. Página 5.
Cuando los parlamentarios y asimilados de Vox hablan en el Congreso de
los Diputados, en las Cortes de Castilla y León o ante cualquier micrófono que
les ponen delante, creen que dicen cosas como “He visto cosas que vosotros no
creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar
en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.” Pero, en realidad, graznan.
Ellos se palmean, se jalean y animan como si la intervención hubiera sido un
combate épico en el senado de Roma. Es obvio que les han dado algunas
recomendaciones sobre cómo modular la voz y acompañar los gestos, pero todo
queda en nada al escuchar la sinsorgada de turno. Sus declaraciones quedan muy
lejos del dramatismo del replicante Roy Batty. Farfullan cosas sin sentido,
exageraciones en el mejor de los casos, habitualmente falsedades históricas,
barbaridades sacadas de algún vídeo que circulará por sus redes privadas,
cuando no mentiras crasas. Vox ha comprobado que mentir sale gratis ─no son los
únicos─. Tratan a la población sin respeto, como un ganado primario que
reacciona a la provocación y la gestualidad incitadora, una masa tan iletrada
como los diputados ultras, pero con ganas de marcha…
Las recientes intervenciones del diputado José María Figaredo en el
Congreso deberían conllevar una expulsión del escaño por falsedad. No menos
graves fueron las falacias y estupideces dichas por el procurador David Hierro
en nuestras Cortes regionales negándose a condenar el golpe de Estado del 18 de
julio de 1936 y la posterior dictadura franquista. Todo forma parte de la misma
estrategia: negar las bases de convivencia acordadas en la única ley de
concordia válida de nuestra sociedad, la Constitución de 1978.
Quienes votan a Vox pensando que con ello apoyan un ejercicio de
patriotismo, siquiera con ciertos rescoldos franquistas, parecen ignorar el
engaño del que son presos: Vox es el
partido más anticonstitucional de nuestro sistema. Su modelo propugna acabar
con todo lo que supone concordia de la Constitución: un sistema de salud
público universal y gratuito, derechos de los trabajadores, defensa de la
igualdad y equidad, respeto de las minorías y situaciones de desigualdad,
educación de calidad y gratuita, atención social. Eso sí, mucho golpe de pecho,
mucha bandera, mucho marcar quienes se salvarán y quienes arderán en el
infierno… Verdaderamente, su modelo no es para tibios, tampoco para quien vaya
más allá de la lectura de un libro.
2/4/24
KONKORDIA
DIARIO DE BURGOS, 02/04/2024. Página 5.
La propuesta, que derogaría el Decreto de Memoria Histórica y Democrática vigente, parte de una gran presunción: somos imbéciles. Ha de venir Vox a iluminarnos sobre qué hemos de saber, qué podemos investigar, qué podemos conocer, qué podemos decir o publicar. Es, pues, un ejercicio de mala fe, de proyección de ignorancias y de tergiversación de lo que significa la Historia, la Libertad, los derechos individuales y colectivos, ¡ah!, y la concordia.
Vox, y al parecer el PP, nada saben de qué cosa es la Historia, de la que freudianamente desconfían. Creen que las Leyes de Memoria se basan en un ajuste de cuentas, en la contraposición de versiones ─o memorias─. Ignoran que las Leyes de Memoria, a pesar de lo que su nombre indica, se basan, en primer lugar, en la Historia, que es una disciplina académica, ajustada a una metodología científica, desarrollada por profesionales cualificados que analizan los hechos del pasado desde la comprensión de sus contextos de época. La Historia no es una versión, es un conocimiento plural del pasado, en el que puede haber discrepancias, normalmente no de orden fundamental. Lamentablemente para la ultraderecha, nunca será una fe, una religión. En segundo lugar, las Leyes de Memoria se fundamentan en el Derecho, en este caso en uno de los capítulos más dignos de la codificación jurídica: los Derechos Humanos. Ambos elementos, Historia y Derecho, se conjugan para dar a estas leyes su gran valor, su gran sentido basal: la reparación. Esta se dirige, de manera directa, a las víctimas que aún portan en su memoria la afrenta de crímenes e indignidades que han de ser atendidas; pero también al resto de la sociedad que ha elegido vivir en democracia y debe conocer su pasado. La expresión Memoria Democrática supone la necesidad de encarar la fealdad del pasado para, desde un compromiso ético, construir un presente democrático. No se puede ser franquista para el pasado y pretendidamente demócrata para el presente.




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