3/6/24

LA SEÑORA DEL JEFE. JULIO PÉREZ CELADA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
01/06/2024. Salón Rojo, Teatro Principal.

Buenas tardes, señoras y señores:

Hágase notar la circunstancia primera de nuestro vivir y estar: la ciudad pequeña. O sea, el espacio breve, alicorto, mediocre, emputecido. El suelo bendito. Quiere, desde antiguo, el burgués distinguirse del rústico, y elabora argumentos sin cuento para que se note un no sé qué de distinción, que parece que nos tira más eso de levantar morro y hocico con petulancia, que otros regocijos menores y de fisiológico acomodo. Lo hace hacia afuera, y aún es peor, hacia dentro. Querrá el regidor, el corregidor y el obispo, el mercader y el canónigo, el escribano y el fiel de fechos, el industrial y el comerciante, el maestro y el pasante ser un poco más que algún desgraciado de más abajo, que el siervo, obrero, la criada, el jornalero, la lavandera, la puta, el indigente, el borrachín sin techo. Así se hacen desde antiguo las ciudades, cerradas con sus muros conteniendo templos e infecciones, tabernas e inclusas, algunas industrias, molinos, batanes, curtidurías, imprentas, librerías, burdeles y universidades, carnicerías, tahonas, casonas y blasones, estandartes y apellidos, con las pobres hijas bobas y almidonadas que se sortean en enlaces cada generación para sostén de la microprosapia de quienes juegan a ser señores de la plaza. Un lugar cualquiera del mundo. Digamos, Insigne grandeza, o Tierra sagrada.

Quiere la Fortuna que en este Salón Rojo del viejo cogollo urbano, donde la más rancia y conservadora sociedad burgense se refugiaba de todo aquello que le parecía chusma de ruanos de vinos de mil padres, incluso de todo cotizante que tuviera sociedad o casino con fritura y periódico engrillado, que se presente una novela que tiene ese ¡ay! de escándalo decimonónico y de murmullo de confesionario nacionalcatólico ahora que, justamente tras mayo, vuelven las excomuniones.

El escribidor, escribiente, autor, quién sabe si protagonista soñado, es D. Julio Pérez Celada, Profesor Titular de Historia Medieval, de la Universidad de Burgos, gran conocedor de los dominios monásticos bajomedievales y de aquellos culebreantes cluniacenses, que lo mismo ponían patas arriba un reino, que impulsaban la peregrinación hacia la tumba de un heresiarca, asumían el control de las fronteras con el Islam o reformaban la explotación agrícola del momento.

El profesor Pérez Celada cumple con el estereotipo de escritor a la romántica manera, que ya cansan los happyflowers y abraza-nogales. Vistiéndose por los pies, se ha envuelto en humos y espirituosidades absénticas como corresponde a un hijo de Poe, o de Lovecraft, pero también de Mallarmé y Gil de Biedma. Pérez Celada es un individuo cetrino y desajustado a su tiempo, no en vano discípulo de D. Julio Valdeón. Seco como olmo grafioso, de afectos tasados, un mirar desangelado y una mala hostia puntualmente restallante, son éstas virtudes que le adornan, amén poseer una benigna maldad de pensamiento que es muy apreciada entre los escasos colegas que trata. No rehúye el noble arte del despiece o desmembramiento del necio, el descoyuntamiento del trepa, del inmerecido, del lameculos y obsequioso, del huelebraguetas y presidente floridopensíl. Así se gana un hombre, y se pierde un emboscado, lo que viene siendo un royalacademista. Este carácter suyo austero, poco dado a la frivolidad, certero, de reflexión peripatética, junto con su quehacer medieval podrían llevar al ignorante a imaginarle embutido en un hábito monacal, de no ser porque, como a tantos dedicados al noble arte de la cocción intelectual, sus ideas y proclamas le presumen condenado, posiblemente enlistado en oscuros recetarios donde aparecen los apartados, los exclaustrados, los que frecuentan lecturas prohibidas de autores del Índice, de enemigos confesos de la única religión verdadera. Sus intervenciones académicas, envueltas en la voz calma de un profesor engañosamente benévolo, hipotenso, suelen ser joyas de inteligencia, cultismos que para sí quisiera D. Luis de Góngora, finas ironías que le malquistarían con el más revoltoso luciferino.

Ha practicado el verso, que dicho así pareciera que estuvo en la cueva con Onán. Pero lo que a nosotros importa ahora es que tales ejercicios le han supuesto un entrenamiento en la orfebrería previa, y en una concisión distinta. Narrar, él lo señalará, le ha exigido una energía nueva en el escribir, en la manera de contar. No es, pues, a pesar de estar ante su primera novela, un autor estrictamente nuevo ─por ahí andan sus varios libros de Historia y poesía, sus numerosos artículos académicos─, pero sí es una voz en estreno, y un concepto de obra original.

 

 La señora del jefe es una novela encantadora, de hechuras clásicas, con entrada y salida en el espacio y en el tiempo de su desenvolvimiento, por lo tanto, de concepción circular. Pero la forma pronto es violentada por el fondo, que cambia el registro para avanzar hacia la sorpresa y el desajuste, un volcán interior.

Los múltiples sucesos y personajes se encuentran en un territorio, la ciudad pequeña, esa que ha unido su suerte a la de la dictadura y con ello a una absurda pretensión de no-tiempo y ausencia de novedad. Pero Cronos no perdona. De hecho, La señora del jefe acaba resultando una obra de empeño unamuniano, una nivola, pues a pesar de lo que Pérez Celada cree, su obra lucha contra su propia concepción de círculo maldito, de inmovilismo con un antihéroe, que finalmente, consigue negar la maldición de agua mansa.

Felipe y Reinaldo, los dos amigos que salen de ese vivero de formación de príncipes que es el colegio de los jesuitas, son, a su vez, los vehículos de conocimiento de dos mundos diferentes, de estratos en tenaz jerarquía que nos van mostrando el orden social y sus posibilidades, sus proyecciones. A través de Reinaldo irrumpe el novedoso mundo de la universidad, recién llegada a la ciudad pequeña como campus periférico. Los aires universitarios suponen novedades, conciliábulos, espacios de alta política-ficción. También un tipo de ocio y de modales, de conexión con el resto del nódulo antifranquista estudiantil. Los universitarios locales son un pedo al lado de los viejos luchadores, los supervivientes derrotados de la Guerra. ¿Y cómo encajar todas las piezas de partidos y colores provocadores PRT, ORT, PCPE, PCE, LCR, PSP, PSOE…? La izquierda era infinita en sus grupúsculos y propuestas, en su cainismo. A pesar de los inevitables desastres electorales que se preveían, aquel era un tiempo de claros anhelos de cambio. Y de choques entre la realidad y el deseo.

Felipe, el verdadero protagonista, es un muchacho lacónico. Nada en él parece prever un mínimo de gloria. Su historia personal tiene las hechuras del mito, los mimbres del origen mixto y bastardo del elegido. Pero ahí interviene el autor con crueldad. La necesidad de Felipe de afirmarse ante el desprecio de su familia y entorno no le permitirá ser héroe más que ante los ojos del lector cómplice. Su forma de actuar, en ocasiones primaria, sin objetivos claros, hacen de él un inconformista sin causa. Esta falta de motivación vital le pasean por la novela como un mecánico personaje de Joyce, casi como un pasota, lo que abriría la posibilidad de que esta, en vez de haberse intitulado “de la transición” pudiera haberlo hecho como “novela de punkie”. Al menos hasta que aparece la señora del jefe.

Felipe es el conector de espacios, de su mano conocemos los ámbitos de Reinaldo, los familiares, los universitarios y los grupúsculos políticos. Y los suyos propios. Como antihéroe, suspende su tiempo juvenil, de esperable formación universitaria, como correspondía a un hijo de eso que llaman ahora clase aspiracional, para volverse trabajador manual en una imprenta, lo que le asoma a un mundo de seres a medio terminar, con maldades adaptativas, con el hijoputismo como principal recurso de supervivencia. Entre esos prójimos competitivos en infelicidad, Felipe encontrará algo más que un asidero, una razón de aguante y resistencia en medio de la mayor nada: una jefa esplendorosa, lúbrica, desasosegante, una mujer que entablará consigo misma su propia lucha, y que responde a la maravilla nominativa de Milagros.

La ciudad actúa como tercer gran personaje rabelaisiano. Por sus calles, torres, tiendecillas, escaleras, bares, rincones y plazas desfilan personajes y ambientes que no precisan extensos párrafos. Son un abanico de anónimos que conforman el tapiz urbano. Alguno abre repentinamente la gabardina y muestra sus maravillas, una historia inesperada. Pocos son lo que se espera. Abundan las gentes excretables, miserables faltos de humanidad, de empatía, sujetos lisiados en sus afectos, que han crecido sobre la explotación ajena, listos para hacer el mal. Nacionalcatólicos de sucia catadura. Lo mejor de cada casa.

Toda la novela idea un tiempo en fuga. Todo está en un equilibrio inestable. Arranca con la agonía y muerte de una dictadura particularmente insana que, como todo régimen de vocación totalitaria, se quiere eterno, sobre bases inmarcesibles, no en vano se han impuesto a punta de fusil. Sin embargo, la muerte del viejo general señala el ocaso del tiempo prebendario. Es un tiempo de salida.

La Transición, como los mitos, es un tiempo fuera del tiempo. Y es un tiempo generacional. Su propia denominación indica su carácter de conexión transformadora, de periodo de alivio entre un luto y un renacer con apellidos y documentación. La transición es una juventud que parece haber quedado a medio digerir para la Historia, pero, ante todo, es un puro tiempo de mocedad, tiempo propio de confusiones, de brotes y atracones, de probanza, de rapto, de excesos, de berrea…

Uno de los grandes placeres de La señora del jefe es, justamente, ver cómo, a medida que avanza una historia que nadie intuía, una historia de imposible previsión en la lectura de sus primeros capítulos, la trama en torno al deseo, el sexo y el desastre se van tejiendo con un encadenamiento que arrastra al lector a una lectura voraz, en la que irrumpe el humor descarnado y el toque sicalíptico que demanda continuar febrilmente con la lectura para saber más de las agitaciones de Felipe, de las maldades de Sérvula y Servanda, de las aflicciones de doña Milagros. Doña Milagros… Ha nacido un mito erótico. Una rotundidad castellana. Un sueño para manoplistas del que no puedo decir nada, pues a la novela me remito y habrán de acudir a ella.

 Muchas gracias



[Fotografía: Tomás Alonso. Fuente: https://www.elcorreodeburgos.com/cultura/240531/196981/novela-gamberra-politica-erotica-sobre-transicion-espanola.html ]

28/5/24

SÍ AL ESTADO PALESTINO

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 28/05/2024. Página 5.

El estado de Israel se ha convertido en una vergüenza para el mundo, en el epítome del Mal. Nada, ni el más vil ataque que haya hecho Hamás justifica el exterminio genocida que Israel está practicando sobre el pueblo Palestino.

La historia del conflicto palestino-israelí no es sencilla en cuanto a las sumas de sufrimientos que se solapan ─migraciones de quienes huían de pogromos y persecuciones en sus estados originarios, más tarde de la propia Solución final nazi─, entremezcladas con sueños de fundamentación nacionalista ─el sionismo─, que les conducen a un territorio-sueño sobre el que no tenían derecho alguno, no más, desde luego, que aquellos que llevaban siglos, generación tras generación viviendo allí. Luego, las guerras con los estados vecinos, la ocupación de territorios, el incumplimiento de las resoluciones de la ONU, la subalternización y explotación, la violencia terrorista, el apartheid… Una larga historia llena de privaciones, campos de refugiados, pobreza, ausencia de horizontes, extorsión, hambre, enfermedades, robo de la tierra, a un lado; ultradesarrollo, hiperconsumismo, comodidades, bienestar, alta tecnología y total compadreo con el primer mundo, del otro.

El actual gobierno israelí, con su primer ministro a la cabeza, ha decidido que es el momento del exterminio. Los brutales atentados de Hamás han dado paso a una respuesta bélica que conlleva una voluntad genocida. Los ataques del ejército israelí contra la población palestina han supuesto el arrasamiento de hospitales, escuelas, campos de refugiados, la aniquilación de las infraestructuras para volverlo todo inhabitable. No han dejado nada. Apenas han permitido el paso de alguna ayuda humanitaria; destruyen las cargas de los camiones con alimentos, con medicinas. Nada que permita la vida.

Israel no es una democracia, sino una teocracia envalentonada que esgrime un derecho divino y se dice pueblo elegido. El resto, exterminable. Como muestran los soldados y colonos en sus vídeos, las víctimas, los palestinos, son risibles, humillables, goyim. Las manifestaciones de sus dirigentes amenazando a España por querer reconocer el Estado Palestino, con invocaciones a la Inquisición, muestran qué tipo de exaltación fanático-religiosa y doble moral opera en sus mentes para legitimar su violencia de hoy...

No es más que un gesto, pero en estos tiempos de miserables liberticidas, de líderes conservadores blanqueando vilmente el fascismo mussoliniano, de tanta bajeza moral y mediocridad, pocas cosas podemos hacer más dignas y moralmente más necesarias que reconocer el Estado Palestino como solidaridad con su pueblo inocente. 

 

17/5/24

DESPERTANDO A LA VIDA... EN RECUERDO DE JUAN JOSÉ MOLINERO, MOLI.

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
16/025/2024. Refectorio de la Universidad de Burgos.

Mi intervención aquí hoy se debe más a la conocida generosidad de Inés que a ninguna razón de peso esgrimible, fuera del afecto y respeto que tributo a la memoria de quien fuera mi profesor. Durante años, Inés ha sido responsable de un invisible hilo de saludos y recuerdos entre dos personas que, una vez terminadas las clases, nunca más se volvieron a ver.

 

 Juan José Molinero Martínez fue mi profesor de Historia de la Filosofía en el curso 1986/1987. En puridad, una estela fugaz en la vida de un estudiante de Historias, como decíamos entonces.

De primeras, para los estudiantes, él era “el filósofo”, lo que para los de la bancada popular se ajustaba a su mirar pausado y clemente, a su mano tan temblorosa como solían ser sus frases mientras mesaba las barbas, sosteniendo con la otra un cigarrillo ─que entonces en clase se fumaba─. Así empezó el curso, 2º de carrera, que era cuando uno se sacudía la mugre bachilleril ─en mi caso, postjesuítica─, y, con suerte, empezaba a mojar… Moli se acomodaba a nuestra demanda de mundo y aliento. Un tipo que parecía caminar del brazo de Georges Brassens y Paco Ibáñez, y que Moustaki le hubiera prestado la trenca. Un sujeto de un primer pasar sordo que, junto a la frescura insolente de Inés, la apostura colonial de personaje de Agatha Christie de Ángel Esparza, los amaneramientos de Hermida vaticano de Luis Martínez, de incomprendido Champollion bien macerado de Adriano Gutiérrez, o de la minuciosa curiosidad pretecnológica de Federico Sanz, ya entonces padre de la patria, hicieron otro el tiempo y nuestra vida en el CUI de Burgos.

1987 fue un hito más en la historia de las huelgas universitarias españolas (como 1913, 1915, 1949, 1965, 1968, 1969, 1972, 1976, 1977… ¡cómo nos gusta el autoerotismo a los universitarios!). Pero, seamos justos, 1987 vino precedido por un 1986 que fue el de las huelgas salvajes en las enseñanzas medias, con el asentamiento de las bases de la malhadada modernidad pedagógica pre-Logse.

En aquel año de segunda legislatura socialista, los estudiantes tomaron las calles, también los profesores, y gritaron, corrieron y recibieron sus buenos palos de los grises tornados ya maderos. Allí surgió un mito triste, un punkie, casi un detritus del sistema, que ni siquiera era estudiante pero que se sumó a las manifas con aire ludita destrozando el mobiliario urbano que poblaba el Madrid postdictadura: el Cojo Manteca.

1987 fue el año de la Universidad. José María Maravall, ministro de aquel ramo, entonces Educación y Ciencia, con su segundo, un tal Alfredo Pérez Rubalcaba como Secretario de Estado, trataron de imponer unas reformas que dejaban los planes de estudios de Letras, concretamente los de Filología e Historia, en ruinas. Los títulos quedarían mermados en una reducción tipo salsa Perrins, con fuerte disminución de sus especializaciones. De rondón se sumaron a las reivindicaciones el problema de las tasas, el que se arrastraba de los últimos PNNs y de los interinos, y la petición de derogación de la LRU. Pero el meollo de la huelga eran la reforma de los planes de estudio. Por entonces ya se oía algo de unas nuevas titulaciones difusas, de maneras anglosajonizadas, por llegar, ─no eran un bulo, seis años después nos colocaron graciosamente aquel engendro de Licenciatura en Humanidades que se comió los títulos de Filosofía y Letras y que tanto costó desfacer─.

Como diría un buen irlandés, en Burgos hicimos nuestra parte. Y lo hicimos bien. En cuanto conocimos los borradores de los planes de estudio, los estudiantes de Historia y Filologías nos movilizamos y fuimos a la Huelga. A la huelga total.

Nuestra purísima ciudad aguantó la respiración. Las fuerzas vivas siempre miraron con desconfianza al archipiélago universitario, que por supuesto entendían rojo sanguíneo tirando a moscovita… La Caput Castellae encogió el tipo. Se le retrajo aún más la incircundada pinga. Vamos, que apretó el culo. ¿Íbamos a romper marquesinas, a quemar autobuses, a levantar barricadas? ¿Corrían riesgo los adoquines de las Huelgas?

Con el arranque del año hasta finales de abril, el CUI se convirtió en un centro de reflexión y lucha que hizo correr ríos de tinta a la prensa local…, sin poder echarnos en cara nada. Nuestras manifestaciones, que no podían ser masivas, se caracterizaron por ser un modelo de civismo, pero también de provocación. El Colegio Universitario se convirtió en nuestra fortaleza, en la que mantuvimos una huelga activa, llena de reflexiones, asambleas, debates…  Cada mañana paríamos ardorosamente el mundo, y cada tarde lo enterrábamos con profunda solemnidad. Discutíamos con el mismo arrojo que, si en vez de ser el campus relegado de la Universidad de Valladolid, aquello fuera la capital del reino, qué digo, fuera París, Berkeley o Bolonia. Y no estábamos solos, participaron habitualmente los profesores más jóvenes, los más preclaros o concernidos, quienes tenían sentido histórico e institucional de lo que vivíamos. Moli, estaba.  Fue en aquel trato nuevo y confuso, para él rescoldo y eco de otras luchas de veinte años atrás, que me pidió que le apeara del Ud. con que yo me dirigía a los profesores y le llamara así, Moli.

Nos encerramos. He de decir que sin tumultos ni sobresaltos orgiásticos. Tomamos la parte de dirección, único espacio con suelo de madera, lo que sin volverlo de especial amabilidad, hacía menos penitencia dormir con los sacos. Fue sorpresa, y no lo fue tanta, ver aparecer bien temprano varias mañanas, churros y chocolate en ristre, a quienes no siendo asiduos a los debates, sí mostraron honda preocupación por el despertar de las chicas de Filología: Nicolás Castrillo y José Luis Moreno…

Una tarde, un par de policías nacionales aparecieron en casa buscándome. A mi madre le dio un soponcio. Me llevaron directamente al despacho del comisario jefe. Sin compunción, pero con cierto acojono, entré en aquella oficina, que si en ese momento me pinchan, no sangro. Extrañamente, el comisario parecía tan nervioso como yo. Tras un par de rodeos, acabó felicitándome por cómo estábamos llevando a cabo las protestas. Me confesó que su hija estudiaba Filología en el CUI y que, personalmente, estaba de acuerdo con nuestras reivindicaciones. Cuando se lo conté a Moli esa tarde, dijo, “pues ya podía el muy cabrón habértelo dicho por teléfono en vez de hacerte llevar a la comisaría…”.

En enero de aquel 1987, Moli había conseguido que se desatascara un proyecto especialmente querido: un ciclo de conferencias sobre la crisis de la Universidad, de la mano de algunos de los filósofos más importantes del país. Problemas económicos, nada infrecuentes en nuestro periférico campus, habían ido retrasando su celebración que, finalmente, pudo comenzar a últimos de mes.

Sin comerlo ni beberlo, el ciclo pasó de ser un notable acto académico más, a convertirse en uno de esos raros momentos que quedan marcados a fuego en el recuerdo.

El programa tenía unos intervinientes para quitar el hipo. Arrancó el 30 de enero con Agustín García Calvo, que apareció aquel viernes sonriente, con su aire de cantante folk californiano, para hablar “De las relaciones entre saber y poder”. Justamente, con el nuevo mes, fue que se desató la susodicha huelga con toda su parafernalia de actividades, encierros, manifas, asambleas y demás comensalidad goliarda.

Cómo no, Moli quedó en permanente entusiasmo y zozobra por lo que hacíamos y por lo que él tenía entre manos. Porque, si estábamos en aquellas…, ¿quién iba a ir a las conferencias? Aquellos eran tiempos gloriosos en que los estudiantes asistíamos con devoción a los actos culturales. Para colmo, el programa fue sufriendo cambios. Hubo conferenciantes que fallaron, por ejemplo, en el primer plantel estaba previsto que interviniera Francisco Fernández Buey, que luego no vino y en su lugar lo hizo Carlos París. Otros cambiaron la fecha asignada…

No sé muy bien por qué, yo había acabado al frente de la huelga ─de ahí la visita de la policía─.  Aprendí a dirigirme a una asamblea, a plantear los términos de nuestras discusiones y negociaciones, a hacer aprobar acuerdos, también a deshacerlos y a rehacerlos. Cada vez que uno de los conferenciantes movía su charla de fecha, ─”que Lledó no puede este viernes”; “que Aranguren retrasa el viaje…”─, Moli llegaba descompuesto, pues siempre coincidía con alguna de nuestras manifestaciones por el centro de la ciudad. Y en cada ocasión tocaba volver a convocar nueva asamblea y con una excusa u otra, cambiar los acuerdos para dejar libre la hora de la charla, que siempre eran en la Casa de la Cultura. Todo pudo ser resuelto. Pero esto fue el asunto menor del ciclo, que de puertas afuera fue un éxito rotundo, con el salón de la Biblioteca Pública a rebosar.  El Diario de Burgos recogió en largas previas el aviso de las conferencias, con despliegue del currículum del orador, oportunamente redactado por Moli. Al día siguiente, una página resumía el contenido de la conferencia, con fotografía del protagonista. En el caso de la última, la de Aranguren, éste apareció en portada.

Decía que, hasta cierto punto, aquello fue el asunto menor ─la celebración de las conferencias en el centro de la ciudad─, porque Moli se encargó de Sorbonizar o Nanterrizar  nuestro encierro con aquel ciclo de los más importantes filósofos de entonces. Todos ellos hicieron doblete. Al acabar su conferencia, bien aquella tarde, bien a la mañana siguiente, se reunieron con nosotros, los estudiantes, en el CUI para comentar y hablar de la huelga, sobre la universidad, sobre el papel de nuestros saberes en la sociedad, de nuestro compromiso y esfuerzos.  Si nuestra huelga ya había tenido un desarrollo y quehacer singulares, un convencimiento de estar haciendo y participando en reivindicaciones y esfuerzos que no eran estériles, que entendíamos que tenían que ver con momentos que eran verdaderas encrucijadas en la historia de nuestra recuperada democracia, aquellas visitas filosóficas fueron para nosotros una inserción de espíritu lleno de pureza, de compromiso, de vínculo directo con las luchas que venían de décadas de oposición al franquismo más crudo, de la ensoñación sesentayochista, del París de Sartre…, del sueño de poder soñar.

1987 fue un año inolvidable. Aprendí lecciones imperecederas, sentí formar parte de un mundo que me esperaba, pude creer en la fuerza de la juventud, en la capacidad de hacer y, sí, soñar.

1987 fue, qué duda cabe, Moli.

Al curso siguiente, dimitió el ministro.



Juan José Molinero Martínez (1943-2023)

14/5/24

PUES SÍ, LA AMNISTÍA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 13/05/2024. Página 5. 

Después de tanta sobredosis de máquina del fango, ver a Salvador Illa ganar las elecciones con serenidad de James Stewart, no solo conforta, es que a uno le alegra el alma. Necesitamos ese trato de confianza en el votante, en la capacidad de reflexión del ciudadano, hartos ya de ser jaleados como mulas cascabeleras. Cataluña es espacio complejo al que las muchas ignorancias y agitaciones complican permanentemente su gestión.

Los resultados electorales no son concluyentes, pero de lo constatado hay noticias con las que todo periódico que se precie debería haber abierto a cinco columnas, como: el independentismo derrotado en las urnas. Y, ocupando la mitad inferior de la portada, otro titular de igual tamaño: el presidente Sánchez tenía razón.

La política en democracia es un arte de mediaciones y gestión para la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Un servicio de resolución de conflictos y desigualdades, de promoción de la justicia… El buen político construye sobre estas bases en tiempos de bonanza para su proyecto, y ajusta cuanto puede a tales principios lo que llega por la vía de la necesidad o la imposición externa. Hacer política no es meramente desear, hay que tener la valentía de saber ver en la concesión, en la generosidad, incluso en la incomodidad de aceptar posturas ajenas rayanas en la indecencia, oportunidades para el encuentro, la desinflamación, la rotura de diques de agravios… El presidente del Gobierno tuvo el sapo de tener que negociar con Puigdemont su investidura ─incomodidad que le agradecemos todos los que no queremos un gobierno neoliberal en lo económico y ultraderechista en lo cultural y social─, y vio en la carencia una oportunidad para acercar Cataluña al ser común de España. Esta decisión ingrata, la de la amnistía, como en su momento la de los indultos, se ha revelado la mejor forma de coser España, frente a lo que dice el grupúsculo de energúmenos fascistoides y desinformados que acosan cada tarde la sede del PSOE injustificadamente.

Se puede vivir del odio o hacer política para los ciudadanos. Nada hay más parecido que el sionismo exaltado de Junts y el del PP-Ayusismo, dos perfectas máquinas de retroalimentación procesista a través del rencor y la deslealtad, con idénticas estrategias de desbordante clasismo y con sendos aliados ultras xenófobos.

     Veremos qué pasa con el  Govern,  pero la  apuesta de la victoria está clara: política para la convivencia y la mejora de la ciudadanía. 





30/4/24

CONTRAFACTUM

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 30/04/2024. Página 5. 

 A las 11:05 h., Busilis Tosantos dio paso a la conexión con el palacio de La Moncloa después de seis horas de especial informativo sobre el presidente del Gobierno: tahúr, llorón, ofendidito, dictadorzuelo enamorado, Ceaucescu de Tetuán, socialcomunista bilderbergiano, exterminador de la Transición, miniyo zapateril…, fueron algunos de los hitos señalados del currículum presidencial.

En cuanto se supo que Pedro Sánchez se iba, el empresario Stanislás Turrea dio orden de que las sirenas de la fábrica sonaran alborozadamente durante diez minutos. Hubo quien corrió a los refugios antiaéreos y quien acabó en el hospital con tremenda otitis. Se acabó el Perro. Bien está lo que bien acaba. La marcha le ha costado un pico en cheques a KO News, La Razor, The Subjective y El Confesor, pero está contento. Él ha hecho su parte.

A las 12:21, tres.radio Bierzo pinchó la contraseña acordada, “Como un vagabundo”, de Bertín Osborne. Fue oírse el “Buenas noches señora, buenas noches señora, hasta la vista” y lanzar las jumentudes fascistoides de Ponferrada un seat 127 lleno de garrafas de orujo con su trapo embocado ardiendo contra la sede del Partido Socialista.

Pasadas las 15:17 h., mientras el jefe de la Oposición amputaba con saña unos centollos en Combarro’s, Sovago Fangal irrumpía en la casa-cuartel de Sant Martí de Llémena, patria chica del fugado Puchcerrete. Sovago se identificó ante el cabo Descargamaría y el número Filabres, y al grito de ¡A la rapa del indepe!, incitó a los beneméritos a que le escoltaran para capturar al expresident que, señaló, se escondía en la comarca de La Selva.

A las 17:30 h., la presidenta de la federación madrileña de hostelería, Massiel Gáladriel Contuso, se personó en la marisquería acompañada de una legión de seguidores, todos con camiseta de Mahu extralúpulo. La legión, compuesta por diez cohortes de seis centurias cada una, rodeó el figón en el que brindaba el amado líder, que fue sacado a hombros y, una vez en la calle, desmembrado con el concurso de cuatro espectaculares ejemplares de hispano bretón traídos del Valle de Valdebezana. La orgía de libertad sanguínea se extendió hasta la media noche, momento en que un retén de los servicios privatizados de basuras limpió la zona con agua a presión.

Se acabó la dictadura, declaró el nuevo vicepresidente del Gobierno, Miguel Ángel Marínez, a las 7:15 h., ya 30 de abril. En España empieza de nuevo a amanecer.




 

16/4/24

UN HONOR ENRARECIDO

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA

eldiario.es 14/04/2024 

https://www.eldiario.es/castilla-y-leon/opinion/honor-enrarecido_129_11288328.html

 

PRO PATRIA MORI

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 16/04/2024. Página 5. 

Cuando los parlamentarios y asimilados de Vox hablan en el Congreso de los Diputados, en las Cortes de Castilla y León o ante cualquier micrófono que les ponen delante, creen que dicen cosas como “He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.” Pero, en realidad, graznan. Ellos se palmean, se jalean y animan como si la intervención hubiera sido un combate épico en el senado de Roma. Es obvio que les han dado algunas recomendaciones sobre cómo modular la voz y acompañar los gestos, pero todo queda en nada al escuchar la sinsorgada de turno. Sus declaraciones quedan muy lejos del dramatismo del replicante Roy Batty. Farfullan cosas sin sentido, exageraciones en el mejor de los casos, habitualmente falsedades históricas, barbaridades sacadas de algún vídeo que circulará por sus redes privadas, cuando no mentiras crasas. Vox ha comprobado que mentir sale gratis ─no son los únicos─. Tratan a la población sin respeto, como un ganado primario que reacciona a la provocación y la gestualidad incitadora, una masa tan iletrada como los diputados ultras, pero con ganas de marcha…

Las recientes intervenciones del diputado José María Figaredo en el Congreso deberían conllevar una expulsión del escaño por falsedad. No menos graves fueron las falacias y estupideces dichas por el procurador David Hierro en nuestras Cortes regionales negándose a condenar el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la posterior dictadura franquista. Todo forma parte de la misma estrategia: negar las bases de convivencia acordadas en la única ley de concordia válida de nuestra sociedad, la Constitución de 1978.

Quienes votan a Vox pensando que con ello apoyan un ejercicio de patriotismo, siquiera con ciertos rescoldos franquistas, parecen ignorar el engaño del que son presos:  Vox es el partido más anticonstitucional de nuestro sistema. Su modelo propugna acabar con todo lo que supone concordia de la Constitución: un sistema de salud público universal y gratuito, derechos de los trabajadores, defensa de la igualdad y equidad, respeto de las minorías y situaciones de desigualdad, educación de calidad y gratuita, atención social. Eso sí, mucho golpe de pecho, mucha bandera, mucho marcar quienes se salvarán y quienes arderán en el infierno… Verdaderamente, su modelo no es para tibios, tampoco para quien vaya más allá de la lectura de un libro.



2/4/24

KONKORDIA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 02/04/2024. Página 5. 

 Con un texto que se debate entre el sermón de la Siete Palabras, un speech motivacional de coaching y un tono de feriante metido a jurista a lo Manolo Morán en Bienvenido Mr. Marshal, Vox y el PP han registrado una lisérgica Proposición de Ley “de concordia” en las cortes regionales.

La propuesta, que derogaría el Decreto de Memoria Histórica y Democrática vigente, parte de una gran presunción: somos imbéciles. Ha de venir Vox a iluminarnos sobre qué hemos de saber, qué podemos investigar, qué podemos conocer, qué podemos decir o publicar. Es, pues, un ejercicio de mala fe, de proyección de ignorancias y de tergiversación de lo que significa la Historia, la Libertad, los derechos individuales y colectivos, ¡ah!, y la concordia.

Vox, y al parecer el PP, nada saben de qué cosa es la Historia, de la que freudianamente desconfían. Creen que las Leyes de Memoria se basan en un ajuste de cuentas, en la contraposición de versiones ─o memorias─. Ignoran que las Leyes de Memoria, a pesar de lo que su nombre indica, se basan, en primer lugar, en la Historia, que es una disciplina académica, ajustada a una metodología científica, desarrollada por profesionales cualificados que analizan los hechos del pasado desde la comprensión de sus contextos de época. La Historia no es una versión, es un conocimiento plural del pasado, en el que puede haber discrepancias, normalmente no de orden fundamental. Lamentablemente para la ultraderecha, nunca será una fe, una religión. En segundo lugar, las Leyes de Memoria se fundamentan en el Derecho, en este caso en uno de los capítulos más dignos de la codificación jurídica: los Derechos Humanos. Ambos elementos, Historia y Derecho, se conjugan para dar a estas leyes su gran valor, su gran sentido basal: la reparación. Esta se dirige, de manera directa, a las víctimas que aún portan en su memoria la afrenta de crímenes e indignidades que han de ser atendidas; pero también al resto de la sociedad que ha elegido vivir en democracia y debe conocer su pasado. La expresión Memoria Democrática supone la necesidad de encarar la fealdad del pasado para, desde un compromiso ético, construir un presente democrático. No se puede ser franquista para el pasado y pretendidamente demócrata para el presente.

    El despropósito konkordial abunda en la idea de una minoría de edad mental ciudadana, en la necesidad de un dirigismo autoritario. Una libertad orwelliana. 




19/3/24

SEMOS LIBRES

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 19/03/2024. Página 5. 

Vivimos entre excrementos, en el lodo, el estiércol y la inmundicia, entre bostas y jiñes, enfangados, emplastados de boñigas, cubiertos de cascarrias, mascando basura, respirando orín, acorazados de sudor viejo. Vivimos en la constante mierda política, en la miserabilización de la Res publica más indignante.

La democracia es un antes y un después en la Historia al introducir una dimensión ética en el origen del gobierno. Nuestros representantes, los parlamentarios, reciben por el voto una delegación de la voluntad popular. De ahí nace el principio del Gobierno para el pueblo, y no, por ejemplo, para el partido o para cierta religión. Siendo esto así, ¿en qué momento se jodió todo? ¿Cómo hemos llegado hasta esta atmósfera irrespirable de indignidad y desvergüenza?

Hace veinte años, se dio un cambio inusitado: el gobierno (saliente), por su pura conveniencia partidista, mintió a todo su país (y exigió que se le siguiera), orquestando las patrañas del 11-M. Desde entonces, acumulamos un inmenso aturdimiento de turbiedad. La precuela mentirosa de la autoría etarra de los atentados, ha seguido hasta hoy con una indecencia insultante en los foros trumpistas, en las cabeceras de una derecha mediática abrazafarolas mientras haya quien pague el infame garrafón.

La escuela creada por Miguel Ángel Rodríguez, ese Torquemadilla fontaneril, que se tiene por lumbrera thatcheriana, ha servido para que una legión de seres de piel viscosa y lengua bífida medren en puestos amicrofonados en los que decir las sandeces más grandes para regocijo de una bancada pandillera y achispada. Por el camino murió la ética y la probidad. Y surgió Ayuso, la de la libertad infantiloide y el novio estraperlista que mercadeaba con la salud en tiempos del cólera.

Nos inunda un calculado gañanismo, que no es llaneza, sino descrédito de la democracia y sus instituciones, enjalbegadas de hez. En estos limos también se ha enfangado el PP local (ya se ha visto en luctuosas intervenciones senatoriales) sobresaliendo la figura bramadora del concejal Manso. Para regocijo de su sillería, expele el regidor acusaciones sin fuste contra el PSOE sobre Gamonal, y hoza pretendidas razones sobre los sucesos de hace 10 años, mostrando que no ha entendido nada, que no conoce el barrio, que apunta torcido y que se va a estrellar con sus propuestas alejadas del moderno urbanismo sostenible, en las que el aparcado es el ciudadano. Pero, oye, qué risotadas en el Pleno…




5/3/24

FACHOSFERA

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 5 DE MARZO DE 2024. Página 5. 

 Me disgusta el palabro fachosfera porque otorga un aire de mofa o irrealidad a lo que hay detrás, que más que serio, es pavoroso.

En estos días hemos conocido cómo el mundo ultra se manifiesta con plena desvergüenza a través de tertulias de sacerdotes fanatizados en youtube, cómo Santiago Abascal profiere en EE.UU. exabruptos contra la Universidad de Salamanca ─y las de Bolonia y Harvard─, o del protagónico papel de la Iglesia en el asentamiento y difusión del bulo de ETA en los atentados del 11-M. No son casualidades, todo forma parte del mismo plan.

La ultraderecha se asienta sobre un principio básico: la realidad ha de acomodarse a sus creencias. Lo suyo es pura antimodernidad: contrarios a la observación científica del entorno social y natural, al desarrollo del pensamiento ilustrado y crítico, a la superación de los dogmas religiosos, a la separación Iglesia-Estado, a los principios liberales pro derechos individuales. Los ultras quieren orden, control y seguridad, tres imposibles vitales que solo pueden conseguirse por la vía violenta, la imposición, la manipulación y la intolerancia.

El desparpajo de los curas contrarrevolucionarios provoca sonrojo. Las barbaridades que dicen entre risas ─el deseo de muerte del papa, la exaltación de Franco…, son solo dos perlas─ muestran su deseo de alcanzar una sociedad fundamentalista. Evidentemente, esto tiene que ver con una clarísima involución dentro de la Iglesia, a la que los especialistas atribuyen de manera directa e indirecta un destacado papel en el surgimiento de la ultraderecha política en España.

La revelación ─en el extraordinario especial sobre el 11-M de El País, en su 20 aniversario─ de una breve conversación telefónica entre el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, y el presidente de la Conferencia Episcopal, Antonio M. Rouco Varela, resulta tan reveladora como estremecedora: la absoluta connivencia de la cúpula eclesial con la formulación del gran bulo, la inmensa mentira de que ETA estaba tras los atentados de los trenes de 2004. El Mundo de Pedro J. y la Cope de Jiménez Losantos construyeron un universo de mentiras, falsedades y manipulaciones adelantándose a las famosas fakenews. Allí se testó el poder de la mentira y la demostración de que feligresía, lectores y oyentes de derechas iban a seguirles ciegamente en su deriva antidemocrática y antiliberal. Las víctimas, la verdad, el respeto a las instituciones…, todo fue pasto de estos patriotas. Después llegó Vox. Hoy seguimos al borde del precipicio.