DIARIO DE BURGOS, 12/05/2026. Página 5.
Quienes
nacimos a la política durante la Transición, portamos durante mucho tiempo la
convicción de ser ésta una tarea noble y necesaria, un compromiso ético en la
búsqueda y defensa del bien general. Las décadas finales del siglo XX permitían
la ilusión y la entrega porque existía un deber como sociedad de dejar atrás la
dictadura para construir un país en que cupiera todo el mundo. La tensión entre
lo nuevo y lo viejo se percibía en el favor con que era acogido el avance
democrático ―con el consiguiente desarrollo socioeconómico de la mano de la
Unión Europea―, y las resistencias larvadas de la dictadura, esos legados
que operaban sobre todo en la bolsa, el IBEX 35 (1992), y dormitaban
incrustadas en las burocracias del Estado.
Los tiempos de
reconstrucción democrática descansaron en quienes se habían dejado la piel
luchando contra el franquismo ―en las calles, en las fábricas, en los barrios,
en las universidades, en las cárceles…―, y miles de profesionales cualificados
y comprometidos, particularmente profesores universitarios, que impulsaron la
reforma de la Administración y el traslado de las esperanzas populares a las
instituciones parlamentarias. Un tiempo de cortesías y generosidad, de pactos,
cambios y reformas, de respeto por el desempeño político.
Cuando era
estudiante se decía que en la derecha, los realmente válidos iban a la empresa
―muchas veces empresa familiar―, mientras los de menos luces eran rescatados
para la política ―un poco como cuenta Bryce Echenique en Un mundo para
Julius―. Esta exageración no ha parecido tal a tenor de lo que hemos visto
sobre tantos currículos falsos.
El
impresentable viaje a México de la presidenta de la Comunidad de Madrid muestra
la degradación en la que se ha instalado cierta política. La vergüenza que ha
producido su monumental ignorancia, su irrespeto a un país soberano, el
desprecio a los pueblos indígenas, su falta de pudor y diplomacia han quedado
para los anales de la ignominia. No menos la penosa actuación del presidente de
Canarias, al tratar de evitar la atención al pasaje del Hondius afectado por el
hantavirus, alarmando ridículamente a la población con ratas nadadoras.
Por un lado,
un país que asombra al mundo por sus compromisos y servicios, por su
solidaridad y humanidad, por sus excelentes profesionales, instalaciones y
protocolos. Contra esto, otro de gentes miserables ―políticos, periodistas,
agitadores…― empeñados en hundirnos.
