23/4/14

MIL QUINIENTOS VEINTIUNO

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 23/04/2014. Contraportada.

En 1521 las ciudades castellanas, y de ellas fundamentalmente las gentes del común y algunos burgueses y tonsurados, se levantaron contra su rey y, más allá de negarse a tasas e imposiciones, acariciaron un sueño de libertad. Estuvieron cerca de derrotar al ejército de los nobles pero, al final, perecieron entre contradicciones y lealtades desfiguradas, entre ellas a una reina loca. En su descalabro las Comunidades sellaron el fin de la historia de Castilla para convertirla en el fiel entre la exacción del oro americano y el malbaratamiento imperial europeo. Con su descabezamiento —literal para Padilla, Bravo y Maldonado— surgió el mito y la nostalgia por el sueño perdido. Aquella rebelión fue para muchos estudiosos el comienzo de la era de las revoluciones.
Tres siglos después, en 1821, III centenario y con la construcción romántica de la nación española como fondo, Juan Martín Díez, El Empecinado, se dirigió a Villalar para desenterrar los restos de los tres capitanes castellanos. Daban así comienzo los homenajes a los Comuneros como héroes libertadores del pueblo. Se elegía para la historia una Castilla-Tierra de Libertad, todavía hoy retórica de ecos extraños.
Poco más de un siglo después, 1931, se alcanzó el mayor proyecto modernizador de España del siglo XX: la II República. Decimocuarta de las repúblicas europeas de entreguerras, nació la nuestra plena de entusiasmo, de aspiraciones de cambio y renovación, seguramente torpe en su galopante afán por sacudirse los yugos del inmovilismo y clasismo españoles para construir una sociedad nueva, educada, más justa. Quiso la República mirarse en el espejo de los comuneros y así fue que la enseña tricolor incluyó la castellana banda morada.

Celebrar Villalar, como celebrar la II República, no es celebrar derrotas, humillaciones de vencidos (la República no trajo la guerra, de eso se encargaron otros).  No. Es renovar el compromiso de sus luchas y esfuerzos por la libertad y la justicia, contra la opresión y la tiranía, la lucha por los propios más desfavorecidos. Villalar lleva en sí el germen de una victoria, la misma que la hizo fiesta oficial antes de la existencia de la propia comunidad autónoma (no hasta 1983). ¡Feliz 23 de abril! Felices libros (y su República).


9/4/14

LO NUESTRO

IGNACIO FERNÁNDEZ DE MATA
DIARIO DE BURGOS, 09/04/2014. Contraportada

Recuerdo espiar con envidia qué y cuándo comían los hortelanos que trabajaban para mi abuelo. Cada verano —en realidad, cada fin de semana—, sorteaba el área de las huertas que acotaban el jardín de la casa mayor y volaba impertinente hacia los entornos de aquella familia ruidosa que comía a la una y pico y a las ocho ya estaban cenando. ¡Cenando con fundamento! Nada que ver con las aburridas tortillas que me despedían a las diez cada noche. Comían en grupo, familiarmente, con amplio paseo de platos y desfile de fuentes vinagrosas. En aquel espacio situado en los bordes de la ciudad, allá por los 70s, aún se topaban los horarios del solar mundo rural con el acomodo burgués urbano.
Por entonces, comer pronto era algo arcaico, de pueblo; hacerlo tarde era moderno. Quienes debaten hoy el asunto de nuestros horarios alimenticios ignoran, al parecer, que hasta principios del siglo XX lo común en España ha sido comer con el horario que hoy decimos europeo. Durante la dictadura de Primo de Rivera surgió cierta preocupación por el paulatino retraso de las comidas en las ciudades —las clases medias altas a la vanguardia—, a horarios cada vez más disfuncionales con el laboral. Estas pautas se reforzaron con la dura posguerra y la irrupción del pluriempleo que, en aras de un duro necesario, destrozaba las horas tradicionales. El posterior desarrollismo industrial, los turnos corridos y la incorporación de las mujeres al mundo laboral redujeron a los últimos resistentes arcaicos, con colaboración electrodoméstica y comida precocinada. Que además fuera chic alternar, picotear, participar del circuito de sociabilidad que supone el vinoteo, distinguirse de lo que eran las costumbres del abandonado pueblo para trabajar por un jornal… hizo el resto.

Hacer de los horarios alimenticios un asunto referencial negándose a cualquier cambio puede ser un absurdo: aparte de ventajas productivas, volveríamos paradójicamente a viejos patrones peninsulares. En el fondo, los horarios de ahora son una invención bastante reciente. Lo que parece asustar más de las propuestas de reforma es que se plantean para racionalizar nuestras vidas. Y, puestos idiosincráticos, decirlo así es claramente una ordinariez. (¡Ah! y el fin de los bares).

Juan de Echevarría (1875-1931). Merienda vasca en Ondárroa, 1918-1919.